MILAGROS

Seudónimo: LUZ DE LUNA

Cuando aquella tarde llamaron a Julia a su casa para decirle que Antonio había tenido un accidente con el tractor y que le habían llevado muy grave al hospital en la capital, le pareció que su vida se hundía y que a partir de ese momento ya no importaba nada en el mundo.

Cerró los ojos para imaginarle, tan pequeño y renegrido por el efecto de tantos años bajo el sol en los campos, amortajado con una sábana demasiado blanca. Se sintió morir, las heridas que imaginó en él le dolieron a ella y sintió frío desasosegado cuando supo que decía adiós a sus esperanzas de tener ese pequeño que con tanta ansia había deseado. Porque Julia ya era una mujer entrada en años y no había podido tener el retoño que alumbrara la casa con su llanto y con sus carreras, con sus risas y necesidad de cuidados, con todas esas cosas que ella imaginaba un día tras otro y que hacían que Antonio, cada noche, al volver de las faenas del campo, debiera regresar preparado para hacer la mejor faena, que nunca acababa de cuajar en la forma que esperaba la mujer.

Lo intentó todo, desde una yema de huevo cada noche a las infusiones diversas de hierbas campestres, poner bajo la cama la pellica de un gato o de un zorro. Todo fue en vano, hubiera podido acabar con la fauna de la zona si se lo hubieran recomendado para obtener un vástago mientras Antonio se aprestaba y ponía también todo su empeño casi todas las noches y otras horas diversas del día.

Las noticias dadas por aquellos que lo habían socorrido eran terribles. El tractor había volcado y él había quedado aprisionado. Iba muy mal y le acompañaba el médico del pueblo con pocas esperanzas de que llegara vivo al centro hospitalario.

Julia no cogió nada de la casa. No se preocupó de apagar las luces que quedaron como luminaria rogativa, ni miró cómo dejaba su siempre cuidada manivela del gas, ni tan siquiera de echar la llave en la puerta de entrada y subió al coche del vecino que la esperaba para llevarla al hospital al que habían llevado a su marido.

Por el camino apenas dijo alguna palabra, ocupada por los rezos que apenas musitaban sus labios. Sólo prestó atención a las pocas noticias que el hombre pudo darle sobre el accidente. Ella dejó que la esperanza se hiciera hueco entre los sombríos pensamientos de que Antonio estaría ya muerto cuando lo volviese a ver.

Le temblaban las piernas como nunca había sentido y le era imposible controlar el desasosiego. Pensaba qué utilizar para amortajar al pobre Antonio, en la soledad de su casa tan vacía y sola para ella, y en la falta de ese hijo que deseaba con tanta obsesión.

¿Por qué ella no había tenido un hijo? Una de las mejores mozas del pueblo, rebosando salud por todas partes que, como decían, parecía que Antonio a su lado no se veía.

Pobrecito, pensó cuando el coche se detuvo en el aparcamiento del hospital y apenas dio tiempo a José a seguirla a admisión, le informaron de que lo estaban operando y de dónde estaba la sala de espera en la que habría de aguardar, en compañía de su vecino, alguna noticia sobre su estado de salud.

Le hubiera gustado fumar, morderse las uñas, leer revistas, pero apenas sabía leer y no fumaba, lo suyo eran las radionovelas, o, como mucho, comer pipas, pero nada, ni eso tenía por vicio para encontrar un poco de consuelo en alguna actividad que hiciera más soportable el paso de los minutos.

Miraba las luces de las farolas que amarilleaban en las calles cuando un médico apareció en la sala y preguntó por los familiares de Antonio Alamedilla. Julia se levantó para escuchar las noticias más desalentadoras.

La dejaron pasar apenas dos minutos para estar a su lado. Antonio era un desconocido envuelto entre algodones, esparadrapos y tubos por donde fluían líquidos haciendo ruta en su cuerpo.

Miró como si no lo hubiera visto nunca, incluso dudó de que fuera él, tan pequeñito y poca cosa, pero fuerte, eso sí, y entre tanto blanco que se veía más negrito de lo que el sol lo había ido convirtiendo después de tanto trabajo a su sombra.

Julia acariciaba su vientre pensando que si Antonio se moría ya no podría tener nunca esa criatura que hubiera llenado su pensamiento cada hora de cada día. Estaba especulando sobre ello mientras una lágrima tras otra, calladas todas, se escurrían por su barbilla donde las detenía con el reverso de su mano y un pañuelo, cuando la enfermera le susurró que debía salir.

No había salvación y Julia se volvió a sentar, derrotada, en una silla de la sala de espera desde donde podía ver esa ciudad tan desconocida para ella, tan próxima entonces y que siempre había estado tan lejana. Sólo aceptó que alguien le trajera de su casa un pequeño macuto con la ropa que le pudiera ser necesaria, el punto, su pequeño transistor y algún dinero que guardaba en la cajita de hojalata esperando para hacer algún día un viaje, los dos solos. Se sentó y esperó a que las horas le susurrasen que se había quedado sola.

Apenas se movió cuando advirtió la prisa de los médicos que se apresuraban a entrar en la UCI para intentar alargar un poco más la vida de su marido. Siguió, con su macuto sujeto entre las piernas, mirando tras la ventana las luces de una ciudad donde comenzaba a anochecer, sin ver, con la mente en blanco, esperando alguna noticia sobre su estado.

-Su marido ha empeorado – dijo un hombre vestido de verde que había llegado a su lado sin que ella lo advirtiera. Puede pasar a verle unos minutos

No advirtió ninguna diferencia entre la vez anterior en que le vio y ese instante en el que le acariciaba la mano, sin palabras, con el silencio como compañía. Decidió que había llegado el momento de pedir la presencia de un sacerdote que administrase a su marido el sacramento de la Extremaunción.

Todo su pensamiento vagaba desde la realidad de su marido a la ilusión de un hijo a quien hablar de su padre y a quien cuidar, un niño en quien volcar toda su vida e ilusión. Una ilusión que, si Antonio moría, sería muy difícil de hacer realidad porque, aunque ella era mujer fuerte y todavía de buen ver, el luto riguroso y posteriormente el de alivio convertía en caso improbable el que volviera a contraer nuevas nupcias con lo que su posibilidad de engendrar un hijo se habría marchitado con toda seguridad.

Sin pensarlo, cogió la mano de su marido, se acercó a su oído y le susurró que él entendería lo que iba a hacer y, después de darle un beso, dijo al sacerdote, que rezaba cerca de la cama, que iba a visitar a la patrona de la ciudad para pedirle por la curación de su marido y se marchó adentrándose en la oscura noche de una ciudad que tanto le hubiera gustado conocer de otra manera y cuyo único recuerdo se remontaba a un viaje que hizo con sus padres y del que volvió al pueblo con un caballo de madera. Fue el balancín en el que cabalgaron los sueños de su niñez.

Fue en dirección a la zona del centro donde tantas veces había escuchado, en conversaciones de hombres, que allí iba la gente a divertirse y liberarse de ataduras, que era fácil encontrar oportunidad de echar una cana al aire. Y así, en lugar de ir a rezar por Antonio, se fue a rezar porque sus planes salieran como esperaba, sabiendo que Dios la perdonaría porque ésa era la única posibilidad que le quedaba para conseguir a su retoño.

Caminaba dirigiendo sus pasos gracias a las preguntas que hacía a las personas que iba encontrando, pensando que no debían haber dejado todo al “ya vendrá”, sino que debían haberse hecho las pruebas oportunas para despejar dudas sobre en cuál de ellos radicaba el problema y haber puesto solución médica del tipo que hubiera sido necesario tendente a lograr el embarazo. Pero Antonio era muy suyo para esas cosas y no había consentido en visitar a un especialista. Y ahora, él se moría y ella volvería al pueblo para quedarse en la soledad de los campos y entre el vacío de su casa.

Preguntó hasta llegar a una zona donde parecía que era de día. La vida de sus calles radicaba en la noche. Las luces de neón de los locales parpadeaban y hacían de la noche una gran fiesta entre gran afluencia de gente. Ahí estaba su posible oportunidad. Desde luego, si el problema radicaba en ella, el esfuerzo de esa noche no serviría para nada, pero debía intentarlo y decidió que buscaría un hombre de su elección que resolvería aquella duda y le ofrecería la posibilidad de alcanzar su sueño. A cada paso, entre aquel gentío, la acompañaban la esperanza y el remordimiento, la ilusión y la imagen del Cristo del Perdón crucificado en una capilla de la iglesia parroquial donde tantas veces había rezado. “Él lo entenderá y sabrá perdonarme”, se dijo antes de entrar en uno de los cafés.

Como siempre ocurre, basta buscar para no encontrar y aquellos que se acercaron no eran lo que buscaba y quienes no se atrevieron a abordarla quizá hubieran tenido una remota posibilidad. Los pocos minutos que estuvo dentro de la discoteca, entre una música atronadora, fueron un auténtico infierno, un devenir de dudas y temores y decidió marcharse, caminar un poco y volver junto a su marido.

Vagó sin rumbo hasta escuchar el rumor de las olas y, sin pensarlo, se descalzó y, con los zapatos en su mano, dejó sus huellas sobre la blandura que, una y otra vez, era acariciada por las olas donde se hundían sus pies a cada llegada del agua borrando el camino trazado. Dejó que las olas fueran agujas en su piel hasta que se acostumbró a su temperatura y, entonces, se sentó sobre aquella arena que sólo había visto en la televisión.

No sabría decir cuándo llegó él y se sentó a su lado sin decir nada, a mirar en la misma dirección que ella cómo llegaban las olas. Luego sintió sus manos en su cuerpo, su peso sobre ella, el golpeteo de los corazones latiendo al unísono y cerró los ojos mientras las olas continuaban alcanzando, ineludibles, sus pies.

Cuando regresó al hospital apenas se distinguían las primeras luces del día pero ya había gran movimiento de médicos y gente que iba a las consultas.

Llegó a la sala de espera y se sentó en el mismo lugar donde había estado la tarde anterior. Vio su macuto, que nadie había tocado, y lo abrazó como si fuera lo único que poseía en el mundo. No se atrevió a pedir permiso para pasar a ver a su marido, seguramente habría fallecido durante las horas en que había estado fuera y ella ahora era un puñado de remordimientos.

Miró a una enfermera que se detuvo delante de ella, que la escrutaba como si viera una aparición.

-¡Pero mujer! Llevamos esperándola toda la noche. El sacerdote nos dijo que iba a rezar pero no esperábamos que no volviera en tantas horas. Ya salía de turno cuando la he visto.

-¿Dónde le han llevado?

-A ningún sitio. Sigue en la UCI pero ha experimentando una mejoría increíble. Un auténtico milagro.

Ni qué decir que a Julia tuvieron que asistirla y darle las sales repetidamente para que volviera en sí.

Lo que quedó claro después del paso del tiempo es que el problema de la falta de descendencia radicaba en Antonio, porque pronto comenzó a hincharse el vientre de Julia. No tardó el ginecólogo en darles a conocer que sería niña y, como no podía ser de otra manera se llamó Milagros.

La niña nació con una piel blanquísima, mucho más que su madre. Al principio no parecía que la diferencia entre Antonio y Milagritos fuera tan grande como el tiempo se encargó de hacer ver porque cuando caminaban juntos aparentaban la noche y el día, no parecía que pudieran ser familia y, por mucho que la niña iba al campo con su padre, no había manera de que aquel sol, que acompañaba la piel de Antonio, se pegara en la niña, que apenas se ponía morena en los meses de verano.

Milagros se aficionó a ir al campo con alegría, a acompañarlos para hacer aquellas tareas que sus padres también habían hecho desde niños, pero Julia tenía reservada para su hija una vida más cómoda que la que ella había tenido y se la proporcionaría aunque tuviera que ir vendiendo las tierras heredadas de la familia y las conseguidas en sus años de matrimonio con el esfuerzo de ambos.

La niña no había sacado ni la corpulencia de su madre ni la delgadez y el tinte oscuro de la piel de su padre. Era uno de esos niños que no se parece a sus progenitores por mucho que algunos se empeñasen en decir que era clavadita a su madre y, los menos, a su padre.

Con el paso del tiempo era bastante común ver a la niña ayudando tanto en las tareas del campo como con su cuaderno y lápices haciendo dibujos que adornaban sus poesías con una habilidad que nadie recordaba en antecedente alguno de la familia. Más cercano le sabían a Antonio sus actos cuando la veía destripando algún insecto que había encontrado en el campo, cuando no algún pequeño mamífero, y entre todas aquellas actividades chocaba aquella afición suya por rimar palabras, por contar sílabas que apenas sabía separar: por escribir poesía.

Si a todos gustaba la habilidad de la chica con el dibujo y las letras, no era tan apreciado su interés por descubrir el interior de todos los animalitos que encontraba en su camino.

Gran revuelo se organizó cuando la encontraron algunos días escribiendo cerca del camposanto y tuvo que demostrar con escritos y los correspondientes dibujos que simplemente se inspiraba para llevar a cabo sus aficiones en tan santo lugar.

No le iban mucho mejor las cosas en sus estudios. Cuando no la castigaban por una cosa, era por otra. Sus notas, sobresalientes en algunas asignaturas, a duras penas eran aprobados en otras y cuando no era castigada por eso, era por hablar o por llevar al colegio algunas de sus presas. Digna de rememorar fue la exposición de su trabajo sobre el gato, con espécimen incorporado al efecto, y que obligó a la presencia de los cónyuges para hablar con director y jefe de estudios a la vez. Pero ninguno de los dos era capaz de castigar más de un ratito a Milagritos, tan cariñosa y zalamera que tenía cogida la medida a sus padres porque, por otro lado, a nadie molestaba ni hacía mal, pero era una fuente de quebraderos de cabeza y de planes para ellos.

Antonio lo planteó claramente a su mujer. Había que llevar a un internado a Milagritos, un lugar donde la enseñaran a atender la casa a la vez que aquellas asignaturas necesarias para sacar los cursos y donde no faltara una mano que no temblara a la hora de decirle lo que estaba mal enseñándole el camino correcto. La inmediata medida a tomar para solucionar el asunto fue vender una de las parcelas de secano que tantas veces había trabajado Antonio, y que habían recorrido los tres, donde se habían resguardado del calor a la sombra de una vieja noguera.

No pasó un mes de su decisión cuando los tres llamaron a la puerta del colegio que las Dominicas tenían en una localidad cercana. Ya había conseguido Julia una carta de recomendación para que aceptaran a la niña, que no parecía muy conforme con separarse de sus padres. Para Milagros, el asunto de los estudios era centrarse en aquello que le gustaba, como eran las ciencias naturales – estudios del interior de los animales que ponía en práctica cuando alguno caía en sus manos-, buscar minerales, leer todos los libros que conseguía, escribir poesía y recitarlas en voz alta cuando se sentaba en la chopera próxima al río, y, por supuesto, divertirse con las amigas y saber de todos los cotilleos de los famosos que salían en las revistas de moda. Los números ya eran otra cosa, no se le daban mal, según se había comprobado, pero prefería no mirarlos mucho por si acaso.

Llegó cogida del brazo de Julia, tras los pasos de Antonio, que llevaba una maleta con su ropa y, en una mochila, los libros.

Para que no hubiera equivocaciones ni confusión alguna, lo primero que hizo Julia fue entregar, después de dar los buenos días correspondientes, un sobre con el pago por anticipado del curso y una sustanciosa donación al santo protector del convento. Inmediatamente, Milagros era acompañada, entre caricias y cálidas palabras, a su cuarto mientras la madre superiora atendía a los cónyuges, que pronto se machaban satisfechos de su elección dejando a su retoña en las mejores manos.

Después de miles de Padres Nuestros hasta el alba, palmetazos, reprimendas y friegues de cada ladrillo del convento, de servir comidas cada día y demás castigos tendentes a reconducir a Milagros al buen camino, la niña decidió que lo mejor sería comenzar a trazar los números como se debía y a no fallar el resultado de las operaciones, y dejar que las tardes cruzaran los ventanales del convento entre bordados, aprendizajes de guisos y otras cosas consustanciales a la naturaleza femenina que deseaban sus padres. Así pudo volver a disponer de tiempo para cazar invertebrados, coleccionar los minerales que encontraba en las tierras pertenecientes al convento y escribir poemas sentada en los bancos al amparo de los cipreses o la hiedra de las tapias.

Fue una suerte para Milagros que la superiora leyera aquel poema que comenzaba diciendo: “Voz triste de saeta al Nazareno…”. Se acabaron los trabajos forzados, sus gracias eran más gracias y sus travesuras más soportables, todo dentro de un orden, pero si entre sus escrituras había alguna que miraba al Cielo, su estancia entre los muros conventuales ganaba en mucha calidad, admiración y estima.

Qué más hubiera querido Julia que llevarla con ella para llenar la soledad de su casa, o Antonio, para que le hiciera compañía en la enormidad de los campos revoloteando a su alrededor con preguntas inacabables y cogiendo hierbas o bichejos, pero la educación de Milagros era lo primero y después los sentimientos.

Ya pensaba Julia en ir a por la niña para pasar el verano juntos cuando llegó aquella carta de la ciudad. Miró extrañada el remite de un notario y se apresuró a abrir la carta para encontrar una misiva que la trasportó a una noche al borde del mar, a la esperanza cuando dejó que su cuerpo fuera amor con aquel extraño para tener un hijo que evitara su segura soledad que luego quiso Dios que no fuera así por doble partida.

La carta era contundente. Aquel desconocido había seguido sus pasos y había descubierto su embarazo. Él tampoco tenía más familia que aquella niña, y había viajado al pueblo ocasionalmente para verlas. Pronto hizo testamento para dejarlo todo preparado para cuando llegara el momento de su muerte. Sólo mencionaba una dirección y el nombre de un notario al que había de dirigirse.

Julia la leyó varias veces por si con su poca práctica a la lectura se había equivocado pero se convenció de que lo que se desprendía de aquellas letras era correcto y con rapidez guardó, entre la ropa del armario de Milagros, la carta.

No pudo quitarse del pensamiento las nuevas noticias, ni los recuerdos que se vertían agitados y agitándola, impidiéndole conciliar el sueño. Hasta Antonio, tan poco observador, advirtió que algo le ocurría.

-Cosas de mujeres – dijo, y zanjado el asunto. Qué iba a decir Antonio sobre un tema que era un misterio teológico para él, quien, además, volvía con los huesos molidos del campo deseando un poco de paz y de descanso.

Julia dejó transcurrir unos días sin dejar de dar vueltas al asunto que sólo había creído conocer ella.

Había momentos en que pensaba que toda su vida se desmoronaría si aquello llegaba a conocerse. En cualquier caso, no se arrepentía de aquel sueño que le acercó la vida de la niña, que era parte fundamental de su matrimonio.

Quizá lo mejor sería olvidarlo todo y dejar que el tiempo decidiera. Demasiado arriesgado. O ir a la ciudad y entrevistarse con aquel hombre que debía de estar al corriente de todo y solucionar el problema.

Julia cogió temprano el autobús en dirección a la ciudad. Había reservado una habitación para esa noche por si no podía coger el autobús de vuelta y debía pernoctar allí. En cualquier caso así podría hacer algunos recados sin prisa.

Desde el autobús vio las calles, la inmensidad de la ciudad que tanto tiempo llevaba sin visitar, y le volvió a parecer demasiado grande para ella. Bajó con miedo al tiempo y a los recuerdos y caminó hasta el hotel. Dejó que sus pasos se perdieran por las calles, que seguían siendo algo desconocido para ella, hasta que llegó la tarde y con ella, la hora de la entrevista.

El notario, sentado tras la mesa de un lujoso despacho, después de saludarla con una amplia sonrisa, fue directamente al asunto, como correspondía a alguien para el que cualquier minuto se traduce en una importante cantidad de dinero.

-Le hablaré como amigo que era de Fernando, el padre fisiológico de su hija. Su legado consiste en una apreciable cantidad de dinero en diversas inversiones, una antigua y valiosa vivienda y la propiedad intelectual de varios libros de poemas que pueden reportarle unos importantes beneficios.

El precio era que Milagros supiera de él.

No amplió mucho más al escueto mensaje de la carta y, lo que añadió, Julia ya lo había imaginado. Su historia era una historia de amor y soledad como tantas otras. Un amor por ambas que llenó su últimos días con un amor furtivo, robando miradas que le eran suficientes. Julia caminó con los folios de unos poemas en la mano, vagando en sus pensamientos hasta que escuchó los golpes de las olas en la arena de aquella playa olvidada. Se descalzó y dejó que el agua mojara sus pies llenando su cuerpo de sueños mientras mar adentro viajaban los últimos poemas de amor que Fernando le había escrito y ella nunca leería.

ESTE RELATO ES EL GANADOR DE UN CONCURSO DE RELATOS CORTOS DE UN PUEBLO LLAMADO VALDEALGORFA