
En el extremo de la isla, más allá de la roca desnuda, había un trecho de bosque muerto. El viento le daba de lleno, y el bosque llevaba cientos de años creciendo a despecho de las tormentas; ésta era la razón de que hubiese acabado teniendo un aspecto tan raro.
Mirándolo desde el mar, se veía que los árboles trataban de ponerse al abrigo del viento, agachándose y encogiéndose hasta el punto de que algunos casi se arrastraban por tierra. Así, los troncos acababan reventando o pudriéndose y hundiéndose, y los árboles muertos empujaban o aplastaban a los que aún conservaban algo de verde en la copa, formando entre todos una maraña de reacia sumisión. La tierra relucía a fuerza de agujas pardas, excepto donde los abetos habían optado por arrastrarse en lugar de levantarse, y su verdor crecía con una especie de lujuriante frenesí, húmedo y reluciente como en plena jungla.
Este bosque se llamaba "el bosque mágico", y se había ido formando con lento y penoso esfuerzo, de modo que el equilibrio entre la supervivencia y la extinción era en él tan frágil que no podía permitirse el menor cambio. Abrir un claro o separar los troncos entrelazados podría ser causa de la destrucción del bosque mágico. No se podía secar el agua pantanosa ni plantar nada detrás del tupido muro protector de árboles y maleza.
En lo más hondo del bosque, en la perpetua obscuridad de la espesura vivían aves y bestezuelas, y, cuando hacía bueno, se oía ruido de alas agitándose, o apresurado rozar de patas. Pero los animalitos que tanto se movían y agitaban nunca salían a la luz.
Al principio, la familia trató de hacer el bosque mágico más siniestro aún de lo que ya era, y todos se dedicaron a acopiar troncos y arbustos y ramillas secas de enebro en las islas circundantes y llevarlos a la isla en el bote, y había entre ellos estupendos ejemplares de blanca belleza pulida por la intemperie; los llevaron por toda la isla y cavaron y abrieron anchos senderos para poder arrastrarlos hasta los sitios en donde iban a quedarse para siempre. La abuela pensaba que aquello no iba a salir bien, pero prefirió no decir nada.
Lo que hizo la abuela fue limpiar el bote y esperar a que los otros se cansasen de afanarse por el bosque mágico, y entonces se metió sola bosque adentro, despacio, pasando de largo ante el pantano y entre los helechos, y, cuando empezó a sentirse cansada, se echó por tierra y se puso a mirar el cielo a través del enrejado de ramas y líquenes verdes. Todos le preguntaron luego dónde había estado, pero ella se limitaba a responder que en ningún sitio, que se había quedado dormida un rato no sabía dónde.
En torno al bosque mágico la isla se transformó en un bello y cuidado parque de gran complicación, y todos se afanaban por rastrillarlo hasta que no quedase una sola ramilla en los senderos, mientras la tierra se empapaba en lluvia primaveral. Procuraban ir siempre por los angostos caminos que serpenteaban entre la roca hasta la playa de arena. Sólo los campesinos y los veraneantes pisan el musgo, y eso se debe a que no saben, así como suena: no saben que el musgo es lo más delicado que hay. Si se le pisa una vez, el musgo vuelve a erguirse en cuanto llueve un poco, pero, a la segunda, ya no se levanta más, y a la tercera se muere. Es lo mismo que ocurre con los patos salvajes que, a la tercera vez que se les espanta de sus nidos, ya nunca vuelven a ellos. El musgo se adornaba a veces en julio con una hierba ligera y de tallo largo, y las flores se abrían todas exactamente a la misma altura, meciéndose juntos al viento como en los prados del interior, y entonces la isla entera se cubría de un velo empapado en calor que apenas se veía y desaparecía en una semana. Esto daba una tremenda impresión de desasosiego y soledad.
La abuela, por su parte, iba al bosque mágico a sentarse, o a tallar animales extraños. Tallaba en ramas y en pedazos de madera, y les ponía pezuñas y garras y hocico, pero les dejaba el rostro apenas esbozado, sin demasiados detalles. Estos animales conservaban su alma de madera, sus lomos se curvaban como la rama de donde habían salido, y sus patas tenían la propia forma insondable de la vegetación, como si fuesen parte del bosque putrescente. La abuela los tallaba a veces directamente en un muñón de rama, o en el tronco mismo.
Las tallas de la abuela eran cada vez más numerosas, y estaban enganchadas de las ramas, o a horcajadas en los árboles, descansando contra los troncos, o hincadas en la tierra, o con los brazos abiertos y hundidas en el agua pantanosa, o bien yacían tranquilamente, hechas un ovillo, dormidas junto a una raíz. A veces estos animalitos no eran más que un perfil en la sombra, pero otras eran dos o tres juntos, peleándose o haciéndose el amor. La abuela sólo trabajaba con madera vieja que ya había encontrado su forma, y elegía siempre la madera que expresaba lo que ella quería decir.
En una ocasión encontró en la arena una gran vértebra blanca. Resultaba demasiado dura para tallarla, pero era tan bella que la cogió y la llevó al bosque, dejándola allí tal y como estaba. Encontró también muchos huesos, blancos o agrisados, pulidos por el mar, que luego los escupía a la playa.
—¿Pero tú sabés lo que estás haciendo? —le preguntó Sofía.
—Y tanto que lo sé, estoy jugando —respondió la abuela.
Sofía entró a gatas en el bosque mágico y vio lo que había estado haciendo allí la abuela.
—¿Qué es esto? —le preguntó—, ¿una exposición?
Pero la abuela contestó que no, que aquello no tenía nada que ver con la escultura, que la escultura era una cosa completamente distinta.
Las dos comenzaron a recoger los huesos a lo largo de la orilla. Eso de buscar y recoger es una cosa muy especial, porque la gente que se dedica a ello no piensa ni ve más que lo que está buscando. Por ejemplo, si se pone uno a recoger arándanos, termina por ver sólo cosas rojas por todas partes, y si lo que busca son huesos, pues entonces ve sólo cosas blancas, y por dondequiera que vaya no ve otra cosa que huesos. A veces son huesos finitos como agujas, muy finos y frágiles, y hay que cogerlos con muchísimo cuidado, pero otras en cambio, son tibias grandes y toscas como barrotes de jaula, hundidas en la arena como traviesas de barco naufragado. Hay miles de clases de huesos, y cada clase tiene su propia estructura.
Sofía y la abuela llevaban al bosque mágico todo cuanto iban encontrando. Solían ir al anochecer, y disponían los huesos bajo los árboles de modo que pareciesen arabescos blancos o extraños ideogramas; cuando agotaban todas las combinaciones posibles, las dos se sentaban a charlar un rato escuchando los movimientos de los pájaros en la espesura. Una vez vieron una lechucita muy pequeña posada en una rama, y su silueta se destacaba contra el crepúsculo. Era la primera lechuza que se veía en la isla.
Una mañana Sofía encontró en la playa el cráneo perfectamente conservado de un animal grande. Lo encontró ella sola, y la abuela, cuando lo vio, dijo que muy bien podría ser de una foca. Lo escondieron en un cesto y esperaron el atardecer.
Aquel día la puesta del sol fue sólo de tonos rojos, y la luz bañó a raudales la isla entera, de forma que hasta la tierra se volvió roja. Dejaron el cráneo en el bosque mágico, y allí se quedó reluciendo con todos sus dientes.
De pronto Sofía rompió a chillar:
—¡Quítalo de ahí!, ¡quítalo de ahí!
La abuela se apresuró a cogerla y sentarla sobre su regazo, pero se dijo que lo mejor iba a ser no decir nada.
Al cabo de un rato Sofía se quedó dormida, y la abuela siguió allí sentada, pensando que sería bonito construir en la playa una casa de cajas de cerillas con una mata de arándanos detrás; luego se le ocurrió que estaría muy bien ponerle también un embarcadero delante, y en la fachada ventanas de papel de plata.
Así fue como los animales de madera tuvieron que desaparecer bosque adentro y los arabescos se fueron hundiendo tierra abajo y volviéndose verdes de musgo, mientras, con el paso del tiempo, los árboles caían más y más unos sobre otros. La abuela seguía yendo con frecuencia al bosque mágico, pero a solas y en el crepúsculo. De día lo que hacía era sentarse en la escalera de la terraza y tallar botecillos de madera.
TOVE JANSSON
Pintura de Sonia koch."El bosque magico"

14 ago 2007 | 10:24 PM
Que bella historia, que nos induce a pensar si es posible que haya un bosque mágico en algún lugar.
Besitos..........
16 ago 2007 | 09:54 AM
Me parece que voy a tener que volverlo a leer más despacio. No termino de verlo.
16 ago 2007 | 01:30 PM
La abuela , segura estoy que es una mujer soñadora, y que en ese bosque, almacena sus sueños dando forma a todo lo que encuentra, para tener un lugar donde perderse ella y a los que quiere y convertirlo en un bosque mágico...
SÉ FELIZ , FERNANDO.