Estaba en esto hasta las orejas, y las estaba sintiendo muy frías, el ron no conseguía darme calor. Panchitín se dobló con un ocho, Juan José puso ocho-tres y Maritza se pegó con tres-cuatro. Yo me pasé, mis fichas estaban llenas de puntos, las veía más negras que la maldad. Pero veía todo negro a estas horas. Si mi tío no me hubiera enseñado a jugar dominó, no estaría aquí, para colmo pensando que posiblemente la historia del si sin acento sea la utopía que el mundo persigue. O una parte.

Era la gran partida. Queríamos creerlo. Después de un día sofocante, no tuvimos mejor idea para refrescarnos que ir hasta la costa a esperar el amanecer. El dominó y el ron. Frustraciones y recuerdos. Un impulso y el mar. Ahora quiero ver salir el sol, creo que lo disfrutaría como si fuese la primera vez.

–¿Qué fue de la vida de Gisela? –Me sorprendió la pregunta. ¿Sería posible que Panchitín hubiese olvidado que estuvimos todos juntos en el velorio de Gisela, hace un año? «Se murió», dijo Juan José, mientras Maritza reía con una comodidad que sonaba ficticia. «Échate otro trago, compay, estas cosas, a veces, mejor no registrarlas».

–La memoria es una caja registradora que a veces roba el cambio, ¿sabías? – Hablé calculando que iba a molestar a Juan José. Habíamos discutido desde los primeros momentos, ahora somos pareja en la partida y no me perdona que me haya pasado teniendo la ficha. «No sirve pedir perdón», contestó con su tono más agrio, y se empinó la botella, lo noté nervioso. El ron le chorreaba por el mentón. «¿Qué miras, te pasa algo conmigo?» Estaba a punto de cruzar a zona de beligerancia, desde que éramos niños le conocía a Juanjo sus maneras y opté por callar. Tenía muchas cosas en mi cabeza, y seguimos jugando. Apartados, Celina y El Ñato parecían un público equivocado de función. Él miraba las estrellas. Era el que más había tomado; y seguía bebiendo y fumando. La hermana dormía recostada a su lado y El Ñato fumaba un cigarro tras otro, como si encender el fuego fuese lo esencial. Costaba trabajo encender el fósforo, había mucho viento. Por suerte, quedaba bastante ron; pensé que se pondría mal cuando acabara el tabaco y mejor sería para todos que la borrachera lo planchara.

–Ayer tuve un sueño, se lo conté a mi abuela y me dijo que no me preocupara. A veces odio soñar porque me deja dudando –. Hablé sin darme cuenta, el ruido de las olas me acurrucaba.

La voz de Panchitín sonó extraordinariamente clara al decir que todos tenemos sueños malos y El Ñato se dio balijú porque a él nada más le tocaban los sueños eróticos. «Soy un privilegiado». Maritza lo fulminó con unos ojos de soga al cuello, y se apresuró a aclarar que ella llenaba todos los casilleros de sus fantasías desde aquella vez, bailando, que se aproximó a su escote. «Oigan, ese escote simplificaba la imaginación», recordó El Ñato con risotadas. «Esta jeba es un safari completo, ella sola».

–Todos tenemos sueños odiosos –repitió Panchitín; hacía rato no soltaba una de las botellas y Juanjo le pidió que tomara despacio–. Me da miedo soñar, desde chiquito, porque tuve un sueño premonitorio, de muerte. Con mi padre.

Las fichas, sobre una tabla rústica, iban haciendo una serpiente venenosa. Quizá lo pensé porque no tenía ganas de jugar. Sentía miedo de mi sueño de la víspera, y del sueño que aún no había soñado. Le pude sacar la botella a Panchitín y me zarpé un trago grueso; la dejé entre mis piernas y miré al cielo estrellado.

–La reina del escote era Fefita –recordó de pronto Panchitín; habían sido novios–. ¡Fefita, cará, qué linda negra!, con ella se rompió el molde. Todavía no me creo que se ñampió, que no volveremos a verla.

–Tenía más curvas que la Carretera Central la Fefa –ajustaba El Ñato–; negra tinta, sí, pero nada de mercado negro: todo muy a la vista.

–Fefita ya cantó el Manisero. Se murió, fue, chao. –dije. Que Fefita se metiera en la partida me entristecía de una forma rara. Era una enorme tristeza que no encajaba, demasiado peso nos tiraba encima. Miré a Panchitín, estaba llorando tranquilo. Un borracho triste, lo único que nos faltaba, pensé.

– Es una lástima que los tiburones no sepan de piropos.

La frase instaló un silencio imposible de colar por lo espeso. Cualquier cosa menos silencio, me dije, ¡coño, Ñato!, y le pateé la canilla. No sé si iba a pegarme un piñazo porque Celina despertó por su gesto brusco y alcanzó a aguantarle una pierna. «Aquí no ha pasado nada, sigue jugando», me pidió Juan José, con un guiño. Había mucho viento y El Ñato hizo su odisea, encendió tres cigarros, le dio uno a su mujer y le pasó otro a Panchitín. Me sacó la lengua, burlón. Qué infeliz, pensé, cuando la sobrevivencia se asume como la experiencia más importante, quizá todos podríamos llamarnos Robinson, incluso sin quererlo o sin saberlo. La única a salvo de la duda era Fefita.

–¿Nadie soñó esto? –dije, y coloqué el doble nueve, la gorda, la que menos pesa y la más pesada, la diarrea, el churre, la pena.

–¿Qué soñaste anoche? –me preguntó Maritza; Panchitín puso un nueve-uno y se sopló la nariz ruidosamente. Teníamos tres linternas, una ya daba signos de cansancio y no había pilas.

–Lo importante no es lo que haya soñado –aclaró Juan José, pegándose con el uno-seis. –Es que se lo contó a la abuela, y la abuela está muerta. Dale, juega – le reclamó a la otra, que me miraba espantada. Maritza se persignó, acariciando su medallita de la Caridad del Cobre y Celina estornudó seguido. La nueva mujer de El Ñato revisó sus fichas con una atención exagerada y lenta, pero casi masticaba el cigarro. Yo la conocía desde hacía poco.

–Mi abuela, que en paz descanse, siempre decía que a los muertos hay que tenerlos contentos. ¿Hace mucho no le das una misa a la tuya? ¿No le llevas flores al cementerio? – El comentario de Maritza me hizo reír, pero puso un jodido seis-dos que me obligó a pasarme. Juan José echaba chispas por los ojos. «¿Revisaste bien las fichas?», quiso saber, y miré al mar.

–Hay muertos que no tienen cementerio –contesté, viendo que la serpiente venenosa crecía sin mí. Acaso sin antídoto.

–¡Coño, solavaya!, oye, tú, en el país del azúcar no se puede ser un atravesao –. El Ñato quiso ponerse de pie y Juan José le dijo que siguiera sentado. Ay, Juanjo siempre buscando el equilibrio, aunque no sirviera. Tenía razón El Ñato, pero no pude callarme.

–¿Qué país? – Miré lentamente a cada uno. Mis ojos en sus ojos.

–Las estrellas pueden ser un país como cualquier otro –respondió Celina y Panchitín, repicando con una ficha sobre la tabla, comenzó a tararear un viejo son del trío Matamoros, "Lágrimas negras". Celina podía tener razón, pensé, pero se veían muy lejos las estrellas. Todos nos quedamos en silencio, el canturreo de Panchitín sólo servía para clavetearlo más. La partida seguía, pero sin conversación olía a pescado podrido y recordé algo que decía Ulises, que pensar al mundo con el mar de por medio es una forma desbordante de pensar, y cualquiera zozobra. Me lo escribió en su primera carta después de haberse quedado en Gander, cuando el avión hizo escala. Iba a un congreso de lingüistas en Europa. Un año ya de eso. No fue ni regresó.

–Soñé que estaba jugando al dominó con Ulises –dije–. Hace dos días recibí una carta suya, consiguió empleo en un buen college, mandó una foto, sentado a una mesa de dominó. Hay una rubia y me dio la impresión de que está con ella. Ulises, caray, ese sí sabe jugar, no sé cómo, pero hace con las fichas lo que quiere.

–Muchos hacen lo mismo – La respuesta de Juan José sonaba irónica. Puso su penúltima ficha, el doble blanco, y el juego se trancó. Se quedó con el uno-dos y me miró burlonamente: –Ganamos, asere, después de todo. Soy tan bueno como Ulises.

Mis pensamientos se multiplicaron con ese doble blanco. ¿Qué ganamos? Detrás de los que se fueron y de los que se quedaron siempre hay alguna foto especial. Pero detrás de los que se fueron y de los que se quedaron hay un río de tiempo que limpia tanto como empaña. Durante la partida había estado pensando que todo el fragor de palabras y metas, compromisos y hechos, abrazos y sentimientos, todo lo que creí estremecedor, eterno, aquí y ahora iba mesurando los sonidos como aquella pluma, símbolo de la precisión, que a los griegos antiguos servía de pesa en el platillo de la balanza donde se pesaban las almas. ¿Cuántas almas para una pluma? Quién sabe. ¿Alguien sabe?

–¿Le damos agua a las fichas para otra partida? –preguntó El Ñato. Juan José y Maritza dijeron que sí y Panchitín se abrió quejándose de que había demasiado agua, iba a tratar de dormir. Se sentó junto a Celina, que había encendido la radiograbadora, con un cassette de los Beatles. Yesterday con olor a mar me arañó el alma. Un alma de cristal con rajaduras como para un bolero. La isla, fanática imagen de la utopía en palabras de Ulises, amenazaba consumirse, perdida en una perturbadora mansión de espejos. Espejos y explicaciones. Demasiados, pensé y recalé en el Dante: contaba que cuando se atraviesan las puertas del Purgatorio, donde se pueden lavar los pecados para ir al encuentro de la luz, quien mira atrás, sale. El ojo, pobre, allí es desterrado. Protégete la mirada . Eso me dijo mi abuela cuando le conté mi sueño ayer. En la foto mi abuela está serena, y tan viva.

El Ñato me pregunta si voy a jugar, y afirmo con la cabeza. El ruido de las fichas al ser removidas no se siente. No sé si de verdad quiero jugar esta partida. Esta partida donde ya estoy y que puede ser otra serpiente venenosa. Envidio a Panchitín, tengo un cansancio enorme pero me resisto a dormir. Si me duermo podría soñar y no quiero. Me envenenaron los sueños.

– Dicen que es verdad lo que uno sueña hacia el amanecer. Tal vez quedemos como otra foto violada por la ausencia, ¿no lo han pensado? Que otros miren las fotos donde ya no estaremos –. Hablo en voz alta, para vencer el sonido que nos envuelve.

–¿Qué quieres decir? –pregunta Juan José con tono de lija.

–Que a lo mejor todo esto es para seguir quedando en las estadísticas de sueños prestados.

–¡Coño, suelta el pesimismo! Los sueños no admiten cuotas, eso lo decía Ulises. ¿Te olvidaste? Deja que esto acabe y vas a ver...

–Soñé que tú y yo estábamos con Ulises jugando dominó en un lugar que nunca he visto; eso sí, no había agua ­–. Me descubro susurrando, y me trago la angustia, ¿qué me importa otra costa? Nada. Y recuerdo que el florentino escribió sobre ríos cruciales, fiscales de implacable ojo en el Infierno y el Purgatorio: el Aqueronte, doloroso río que cruzan las almas camino a lo oscuro; Leteo, donde sólo le es dado flotar al olvido; Eunoe, cuya virtud es mojar el recuerdo con cosas buenas.

Hace mucho rato el motor enmudeció. Ninguno pudo arrancarlo. ¿Por qué encontramos una lancha abandonada? «No hay que darle más vuelta a la cosa, caballero, cayó del cielo», dijo Juan José. Por qué la noche no fue como tantas otras, simplemente para refrescar el calor... «Arriba, a cogerla que no tiene espinas», arengó El Ñato, y Maritza y Celina echaron una rumbita. Por qué esa idea nos encandiló... Fefita subió primero; mis pies fueron los últimos en saltar. ¿Ron en exceso? ¿Bronca, calor, memoria, vacíos, ganas? ¿Ganas de qué? Jugar dominó sobre las olas era una partida que atraía. Era también una partida que nos alejaba. Me acordé de que mis alumnos de Historia del Arte estaban citados para las tres de la tarde. De un sábado distinto, pensé. Irrepetible.

Cuando las luces de La Habana comenzaron a perderse, tuve miedo de soñar. Ahora sólo quiero poder ver el amanecer. En mi sueño posaba con mi marido para una foto. Ulises, esperándome del otro lado. Suspiro. Los que sobreviven desde la oblicuidad nunca se cansan de esperar, aunque afirmen lo contrario.

–Qué pena que no podemos sacarnos una foto –digo. El mar comienza a agitarse cada vez más, y las estrellas se ven menos.

Rosa Elvira Peláez

http://usuarios.lycos.es/wemilere/curriculumREP.htm
foto del "Castillo de los 3 reyes magos" (Que recuerdos,,,)