
La Corazón de León que firmaba la sección crítica del periódico universitario (“¿Dónde está el pene en Lawrence de Arabia?”, “Mujeres al acecho”, “El germen bendito de la agresión”), estaba sentada a su mesa acabando el artículo de hoy. Miraba por la ventana el parterre de flores que Óscar, su marido, había plantado allí. Al bueno de Óscar, al dócil esposo —al infiel— le gustaban las flores, ver crecer las cosas.
Corazón de León llevaba más de una hora sentada a su mesa, intentando dar cuerpo a su columna. Había llenado ya tres páginas en el procesador de textos, con frases vagas e inconexas sobre Madame Bovary: “La pérdida, ese sentimiento profundamente enraizado en la sensibilidad femenina, se traduce en un deseo invertido, ese contradeseo de ser deseada”. Pero no podía seguir adelante. Últimamente, no encontraba ya sentido a sus palabras. No se las creía. Le parecían impostadas, palabras beligerantes extraídas con cucharilla de plata de un hígado puesto en salazón.
El problema era que a Corazón de León le habían enseñado ciertas cosas que ahora, a tenor del reciente descubrimiento, resultaban contradictorias. Por ejemplo, cuando era niña oía a su madre hablar de Papi, un hombre bizarro, rudo, un magnífico cazador de piel dura y corazón aguerrido a quien no había que disgustar. Rugía. Corazón de León recordaba haber visto a su madre llorar y llorar por las noches. Oh, pobres corazones con falda; siempre alerta ante la falta y propensas a la flagelación.
No. Ella había decidido no ser nunca así. Cierto que su madre había sido siempre una víctima muy acomodaticia: ahora tu papi es un egoísta, las cosas que yo he hecho por él y mira cómo me trata; ahora es que tú nunca has querido a tu papi, hija desagradecida y mala, discutiendo a todas horas con él. ¿Es que acaso no te lo ha dado todo? Pero, ¡Madre! ¿Es que no ves cómo te trata? Pobre mamá, los hombres son tan egoístas.
“Claudicación. Apártate de mí, papá”. Así había comenzado hoy su artículo. Pero finalmente, Corazón de León lo borró. Si ella, ahora, adoraba a su padre; pobre viejo vencido, aunque en otro tiempo azote de sus más tempranas ilusiones de inmortalidad.
—Papá, quiero ser poeta. Papaito, compondré poemas para ti.
Ni el más negro nubarrón habría ensombrecido el horizonte tanto como papaito ensombrecía sus deseos cuando se ponía real y ácido.
—No digas sandeces, hija. Si has de hacer algo, haz algo que merezca la pena. Y si no, ponte a trabajar.
“El cuerpo macizo de Madame Bobary no conoce el vacío. Ella lo llena de fantasías agónicas, mortíferas, y muere, como la mosca que se ahoga en el charco moviendo enloquecidamente sus alas, cada vez más pesadas, incapaz de volar”.
Corazón de León leyó el párrafo, y encendió un cigarrillo.
“No es extraño que viva el fruto de su vientre como un fruto bastardo, monstruoso; la excrecencia de un deseo ajeno”.
Arrugó el entrecejo y aplastó el cigarrillo contra el cenicero. ¿Pero qué demonios significaba esa tontería de la excrecencia? Dejó de escribir. Después de todo, ella no era ningún juez. ¿Cómo podía decidir lo que era o no monstruoso? ¿Cómo podía juzgar con tanta ligereza la debilidad?
Aunque su status era de cierto carácter intelectual, Corazón de León no podía negar que era hija de un humilde cobrador de seguros. Un monóculo, se dijo, no le habría ido mal del todo. Con él habría podido observar cómodamente por encima del hombro a los demás, actitud que habría sabido paliar con su infinita tolerancia y su conmiseración por ellos. Pero, aun sin el monóculo, se dijo, nadie podía dejar de reconocer en ella a una especie de diosa menor. Su lenguaje era siempre apropiado, elocuente, original; sus intervenciones estudiadamente humildes. Y no es de extrañar: su parámetro era la perfección. Al discutir por vez primera, Óscar había dicho con miedo:
—Cariño, tú sabes expresarte muy bien. Sabes muy bien lo que quieres, y esperas que también los demás lo sepamos. Pero no lo sabemos, así que siempre te defraudamos.
El ruido del noticiario en la sala vino a sacarla de estos sueños. Óscar había encendido la tele; probablemente tenía hambre. Sin duda era, siempre tan cauto, su delicada forma de avisarle que había llegado la hora de comer. Pues bien; Corazón de León siguió escribiendo, y esperó. “Hija, ¿por qué eres siempre tan malpensada?”, le pareció oír de labios de su madre. ¿Por qué? Y yo que sé por qué, mamá. Será porque tú me has enseñado. Si no tiene hambre no vendrá.
Pero antes de haber escrito una docena de palabras, Óscar, el esposo confiado y dócil, el infiel, se inclinó sobre sus hombros.
—¿Qué tal va eso, mi amor?
—Estoy en medio de algo importante.
El hombre se apartó de ella para mirar las hojas de su ficus enano.
—Creo que deberías regarlo —observó, hundiendo en la tierra un dedo procaz.
Corazón de León, el pecho hinchado de rencor, encendió un nuevo cigarrillo.
—¿Me has escuchado?
El bueno de Óscar dirigió una mirada paciente y contrita a su mujer. Sería el reflejo de la culpa.
—Pues claro, mi amor —dos pasos, y sus manos volvieron de nuevo a los hombros de ella—. ¿Te apetece que comamos, eh?
Y creó Dios al hombre a su imagen y semejanza, pensó Corazón de León, como Mamá la creó a ella. Pero si su madre hubiese podido escucharla, probablemente le habría dicho a Corazón de León que era una desagradecida, y que si era tan retorcida y malpensada culpase de ello a otro, porque ella nada había tenido que ver.
La mamá de Corazón de León fue una mujer de profundas convicciones. Eran insignificantes fantasías que no hacían daño, al menos no a ella; eso Corazón de León no lo podía negar. La más arrogante era esa de que no había en el mundo mujer más amada que ella. Papaito, ese hombre hercúleo, honorable y magnífico que la colmaba de atenciones, besaba el suelo por donde ella pisaba, habría dado la vida por ella diez veces, aunque mamá ni siquiera le hubiese mirado a la cara. Mamá, dime, mami, ¿qué podría darte yo que no tengas? Debes mejorar tus notas, solía decirle a veces, pero sin que ello la inquietase de veras; su propia falta de escolaridad no generó en ella el complejo que le habría permitido alentar a su prole.
—Yo habría sido una excelente estudiante —declaraba, en cambio.
—Claro que sí, mamá, mamaíta.
Y Corazón de León alcanzaba la cumbre de las altas calificaciones en homenaje a ella.
Cuando Corazón de León dejó de trabajar se dio cuenta de que la casa olía a la crudeza ácida de los brotes de apio. Otro de los guisos de Óscar, pensó, y arrugó la nariz. Decidió dejar el artículo para después de comer y abandonó el despacho. En la cocina tragó bocanadas de denso y acre vaho azul, que flotaba alrededor de su esposo como una cortina hecha jirones. Óscar parecía un maestro de ceremonias: el gran cetro de palo en una mano, y en la otra el rallador de plata para moler la nuez. Qué feliz era Óscar, pensó, si ella pudiera… y de cuánta paz parecía disfrutar. Qué agradable sería abrirle la boca y taparle la nariz; y hacerle tragar sólo un poco de la amarga esencia de ese apio, concentrada; la esencia de cien tallos de apio concentrada en una sola gota.
—Ah, la felicidad… —pensó; pero la broma le hacía sentir culpable, y su corazón empezó a languidecer—. Cariño —le dijo a su esposo—, qué felices somos, ¿verdad? ¿Qué haces?
—Crema de apio —dijo sin volver la cabeza él; inclinado sobre el fogón—, te va a encantar.
—Claro. Déjame que te ayude.
—No. Será mejor que no —vetó resoluto—. Esto es muy delicado.
Lo dijo con su natural neutralidad, y después Corazón de León le vio volver la cabeza, inocente, y mostrar una bienaventurada sonrisa que le crispaba la cara en una mueca.
Se desvió de inmediato y cogió uno de sus cigarrillos, y se sentó a fumarlo en la mesa bajo el ventanal.
—No es necesario que seas tan amable —le dijo. Lo miró de reojo, mientras fingía que observaba la calle al otro lado del cristal. El cielo estaba sombrío, tan gris como un periódico arrugado—. ¿También cocinabas para ella? —preguntó.
El cetro de palo, con sus tres dientes de madera, osciló en el aire y se detuvo.
—Por Dios, no te tortures así.
Corazón de León sonrió. Sintió de súbito cómo una tenaza aprisionaba la boca de su atenazado estómago, y su sonrisa se convirtió en carcajada.
—No me torturo. Si lo hiciera, ya me habría dado a la bebida. Y, ¿me has visto beber, cariño?
Indeciso, Óscar dio un paso hacia ella.
—¿Qué puedo hacer?
—Puedes irte. Eso te calmaría. O puedes hacer que te insulte; eso te calmaría también.
—No me hables así, por favor. ¿Quieres que nos sentemos afuera?
—Ya estoy sentada.
—Podría extender las tumbonas, y luego tú podrías leerme algo.
—¿Leerte qué?
—Cualquiera de tus artículos. Hay muchos que aún no he leído.
—Prefiero hablar. Es más divertido. Así nos peleamos, y mientras nos peleamos no pienso en otras cosas.
—A mí no me gusta pelear. No lo hagamos, y no te acuerdes más de eso. Estoy seguro de que en cuanto acabes de escribir tu columna te sentirás mucho mejor.
—No quiero sentirme bien. Estoy mucho mejor así.
—Está bien. Entonces dime qué quieres que haga. Te lo ruego. Tiene que existir algo que yo pueda hacer.
—No hagas nada, por el amor de Dios.
Por un momento, la sombra de Caín planeó sobre su corazón. Su esposo, ese ser intachable, poderoso, estaba frente a ella como un cordero esperando la sentencia del puñal. Qué fácil hubiera sido decapitarlo allí mismo, tal como ella imaginaba que sería hacer justicia; y qué imposible a la vez. ¿Qué harías tú, madre?
— Tu padre jamás habría hecho una cosa así —oyó decir a su madre, desdeñosa.
Claro, claro que no; papaito jamás lo habría hecho, él no me habría hecho algo así. Entonces, madre, debo cumplir tu precepto, se dijo Corazón de León , debo ser necesaria pero no necesitar a nadie, como tú; y su madre apareció ante ella llevando una fresca y limpia bata blanca con una franja amarilla que terminaba siendo marrón, y miró de reojo a Corazón de León con un matiz de censura que le pesaba igual que un pecado: ¿Qué sabrás tú de la vida?, parecía decir, ¿crees acaso que tu padre y yo nunca tuvimos problemas?
Corazón de León quiso responder a su madre que se fuera al diablo; pero la lengua se le había hinchado y le pareció que babeaba.
Frente a ella, aún en actitud de espera, estaba su apesadumbrado esposo. Pobrecillo —“Perdonad, y seréis perdonados”, decía la Biblia—. Allí parado, parecía sólo un inofensivo animal poniendo la vida a sus pies.
—No te quedes ahí parado —le dijo.
Pero él no se movió. Cuando volvió a embargarle la culpa, Corazón de León comprendió que sólo la violencia le daba cierta soltura. Habría querido gritarle a su esposo que no le necesitaba, y que se fuera al diablo también. Para no hacerlo, se acercó y forzó torpemente un beso.
—Mis nervios, ya sabes. Yo…—dejó sin acabar la frase, para que él creyera en la honradez de sus palabras. Una vez Corazón de León llegó a considerar que si el mundo fuese el mundo de su esposo —o el de su papá—, sería un mundo sin palabras; ancho y plano, como un mapa de carreteras. Su esposo la apretó contra sí, fuertemente, y también la besó.
—Oh, pero qué bien huele esa crema —dijo Corazón de León.
Del libro Noctámbulos (Lengua de Trapo, 2003)
Cristina Cerrada
http://www.cristinacerrada.com/index.htm
Pintura de Vanesa Caro Palmexo "Mural"
http://www.palmexo.org/taller/vanessa.html

Los comentarios están cerrados