
Guillermina llegó al portal de su casa, sacudió el paraguas, entró, subió las escaleras hasta el ático y metió la llave en la puerta de forma mecánica. Escuchó sin atención el chirrido habitual de la bisagra mal engrasada, sintió el olor a lavanda que aún quedaba en el aire, se quitó los zapatos, colgó el abrigo en el perchero y se adentró por el pasillo hasta el sofá del salón con el pensamiento colgado de una nube de imágenes poco definidas que volaban como ráfagas, declinándole una jornada más, como tantas otras, que acababa de pasar. Él salió de la puerta del despacho y le dirigió un “Hola querida” casi de cine, de película americana de los años cincuenta. Luego se acercó al mueble bar, le propuso “¿te preparo un vermouth?” y siguió hablando como si nada, como si Guillermina no tuviera la cara pálida y los ojos espantados, como si no se hubiera quedado sin habla al verle de repente allí, en su casa de mujer solitaria, dentro de su intimidad como un personaje de telenovela que siguiera reverberando, representando su papel una vez apagada la pantalla. Esa era la sensación que tenía Guillermina unos minutos después del impacto. Porque aquel desconocido que la miraba con la ternura de un esposo fiel correspondía de tal forma al estereotipo del hombre de sus sueños que el pánico que le provocaba su inexplicable presencia en la casa no conseguía salir a la superficie ni siquiera en un grito o en un sollozo. Temblando, Guillermina se dejó servir el vermouth y se fue helando en la parálisis en la que la confusión la tenía atrapada, sin saber si lo que estaba viviendo era un atraco, una broma de mal gusto o la prueba definitiva de que estaba perdiendo la cabeza. ¿Se puede tener miedo de algo que se desea tanto? Pues sí, se dijo Guillermina, se puede. Parecía incluso demoníaco ver a aquel hombre allí, entregado a la tarea de complacerla como un sirviente humilde, pero mirándola con los ojos altivos de quien es en el fondo dueño y señor de la situación. Sus ademanes eran elegantes, casi robóticos, como sacados de un manual, su dicción fina, su andar silencioso en exceso. Al verlo abandonar el salón para prepararle un baño caliente, Guillermina se percató de que aquel hombre no hacía el menor ruido. El único sonido que producía su persona era el de su voz aterciopelada, como con sordina. “Como si viniera de otro mundo”, se dijo Guillermina con el alma en vilo, todavía incapaz de moverse del sillón. Llamar a la policía, pensó, eso es lo que debería hacer. Pero no movió un solo dedo para coger el teléfono. No sabía muy bien si por miedo a que el hombre la escuchara y la atacara, o por temor a que la tomaran por loca. O porque el galán, real o quimera, ejercía ya sobre ella una fascinación fuera de toda razón. Guillermina no era guapa. Tenía, además, la odiosa facultad de pasar completamente desapercibida para el sexo opuesto. Había sido siempre la mosquita muerta demasiado recatada como para llamar la atención y ahora se había convertido en una cuarentona virgen con escasas posibilidades de dejar de serlo. Por eso, la entrega de aquel hombre de atractivo indiscutible le parecía casi perversa. ¿Cómo había entrado en su casa? ¿Qué venía buscando en su vida? Guillermina ni siquiera se atrevió a imaginar que podría abusar de ella. Le parecía casi prepotente pensarlo. Sin embargo, se dijo, cualquier mujer en su situación lo pensaría y actuaría en consecuencia. Ella no. Sencillamente no podía. Al igual que no podía sino sonreír ante los comentarios sarcásticos e intrusivos de sus colegas de trabajo, o que nunca había podido oponerse al sinfín de deseos maternos que habían jalonado su vida hasta hacía sólo algunos meses. Además, la simple idea de un hombre a sus pies en su propia casa le parecía tan inverosímil que no cabía en su cabeza. En todo caso, el hombre no podía ser de carne y hueso. O era sobrenatural, o era el fruto mezquino de su imaginación calenturienta. El vapor de agua y el olor a sales de baño se sentían ya por toda la casa. Guillermina bebió un sorbo de vermouth temiendo que el hombre le recriminara no haberlo hecho cuando apareciera. Afiló el oído tratando de saber qué sucedía al fondo del pasillo, pero sólo pudo escuchar el ruido del agua llenando la bañera. Si el excéntrico olfato de Guillermina no la engañaba, el hombre tampoco emitía olor alguno. Ahora el de las sales le llegaba a la pituitaria como un veneno paralizador que se le fuera extendiendo por el cuerpo. ¿Qué haría si él venía a invitarla a tomar un baño, como parecía que sucedería? Jamás en toda su vida se había desnudado delante de un hombre. Ni siquiera cuando su cuerpo era relativamente bonito. Ya se había encargado su madre de que ello no ocurriera. Pero Guillermina no podía dejar de notar que, además del miedo, otra sensación completamente ajena a su persona se estaba abriendo paso en su interior cosquilleándole el vientre. Sí, era prepotencia, o soberbia, quizás, querer creer que, fuera quien fuera o lo que fuera, ese hombre estaba allí por ella. No, para ser sincera, la sensación no le era tan ajena. La sentía a veces en lo que ella llamaba sus momentos de exaltación. Nadie de su entorno podría jamás imaginar que Guillermina se entregaba regularmente a ese tipo de ensoñaciones en las horas solitarias entre la jornada de trabajo y el rezo nocturno, que venía después como una negra comparsa a sacarla de la agonía de la culpabilidad y la vergüenza. Aquella situación tenía una ventaja. Era más real, en caso de que lo fuera, y además, muerta de miedo como estaba, no podría oponerse a lo que sucediera, si algo sucedía. No iba a recriminarse por hacer algo a lo que el miedo, y no el deseo (¿no era el deseo?) la obligaba. Si aquel hombre intentaba seducirla, al menos no tendría que rezar después. Lo que pasara no sería fruto de su imaginación ebria, sino de una voluntad ajena que la salvaba de la culpa eterna que venía aplastándola desde que nació como a una cucaracha tratando de esconderse debajo de un mueble viejo. Por un instante, y en aquel silencio absoluto (el agua había dejado de correr), Guillermina pensó que no había nadie en el apartamento, que todo había sido pura invención suya una vez más, o que hasta los fantasmas se aburrían a su lado y la abandonaban con la más absoluta indiferencia. Así que, cuando apareció de nuevo la figura de aquel hombre en el umbral del pasillo, Guillermina sintió más alivio que temor, y una excitación entrecortada que le humedecía la raíz de las pestañas y el filo de la entrepierna. Todo era nuevo aquella tarde. Todo tan parecido a tantas otras vigilias ensoñadoras, y al mismo tiempo tan nítido (el vermouth casi no lo había probado esta vez). Allí estaba él —ella lo veía con los ojos bien abiertos— invitándola con la mano tendida, con la sonrisa abierta a su cara de pánfila, con su impecable planta de galán cinematográfico y su mirada altiva clavada en sus ojos, diciendo “Ven”. Y Guillermina ejecutó la orden, se levantó, aun sintiéndose fuera de sitio en su ropa de secretaria pudibunda, se acercó al pasillo y se dejó conducir al cuarto de baño por la mano de él, que se insinuaba en su espalda empujándola suavemente. Al llegar, se quedó parada en medio del vaho, sin osar volverse a mirarlo de frente. Sintió los botones de su chaqueta desprenderse uno a uno desde el cuello al vientre y el roce de la angora cayendo desde sus hombros, escuchó cómo se abría lentamente la cremallera de su falda y le resbalaba por los muslos hasta enrollársele en los pies. Contuvo la respiración con la presión del sujetador bajo sus pechos un segundo antes de ser abierto para dejarlos libres. Y casi se desmayó al sentir que su braga de algodón se despegaba dulcemente de sus costados y le iba descendiendo hasta los tobillos. Entonces dejó caer los brazos, que le mantenían todavía el sostén pegado al cuerpo y, casi con lástima de sí misma, hizo lo que la voz le decía de nuevo: “Entra en el baño, querida, relájate”. Relajarse. Guillermina hubiera sido capaz de cualquier cosa menos de relajarse. En realidad, estaba paralizada, conteniendo hasta el aliento. Sobre todo porque no sabía qué más podía hacer. O sí, pero cómo hacerlo sin morirse de vergüenza. Tantas veces lo había imaginado en la fiebre de sus tardes solitarias, o lo había visto en sus películas, e incluso en la oficina, aquella mañana en que sorprendió a su jefe con una auxiliar administrativa de tres al cuarto, tan escultural, la pobre, como efímera. Pero cómo ella, con su cuerpo de cuarentona, con sus andares rígidos, con su pecho excesivo y sus caderas de palo. Que ella hiciera esos gestos era casi de mal gusto. Mejor hundirse en la espuma blanca de aquel baño caliente, antes de que se deshiciera por completo con su ruido de bolita de papel arrugándose. Cerrar los ojos y hundirse hasta la nariz, seguir soñando que ese hombre estaba allí por ella y no preguntarse qué o quién era. No romper el hechizo con preguntas. “No digas nada, querido, amémonos esta noche sin ocuparnos del mañana”, decía el guión mudo de la extraña telenovela de Guillermina. “No digas nada, querida”, dijo él parafraseándola, “déjame empezar con un masaje en el rostro”. Y se sentó en el taburete blanco, a espaldas de Guillermina, que encajaba ya en su interior una nueva ola de pánico provocada, más que por las huellas suaves que sentía en la cara, por el significado posible en aquel contexto del verbo “empezar”. Pero la temperatura ideal del agua, el efecto de las sales y la lentitud exquisita de las manos que la acariciaban la fueron calmando de nuevo. A todo se acostumbra una, se dijo. Y en definitiva, qué más daba. Seguro que lo que estaba sucediendo no era más que un vulgar sueño. “Piensa si quieres que todo es mentira”, dijo él deteniendo el ritmo de sus dedos al borde de la nuca. “Dite que nuestro amor no es más que una quimera, si eso necesitas para no rechazarme.” Y asió con intensidad el cuello de Guillermina, acariciándolo y adentrando la punta de los dedos en la espuma tibia. Guillermina no pudo contestar. Empezaba a estar borracha con las sensaciones nuevas. Perpleja ante el diálogo que se había establecido entre el hombre y su pensamiento, en el que no se autorizaba a intervenir. Confundida con el deseo que la asaltaba ahora, concentrado en las manos que la tocaban, anhelando sólo que siguieran penetrando más el agua. Pero las manos sabían hacerse esperar para domar el miedo. Así que tardaron todavía un poco en alcanzar ciertas cotas doradas que se escondían bajo la espuma. La noche se había hecho densa en la casa vacía. El silencio bordaba con hilo fino, dejando pasar los crujidos de la madera, las señas de alguna vigilia ajena, los sonidos leves que gorjeaban en el baño. Guillermina sintió por fin el placer brotar de la piel de sus pechos y correr en un reguero hacia abajo. Como si el resto de su cuerpo se hubiera diluido en el agua, la poca conciencia que le quedaba vivía en ellos. En un ademán casi violento los agarró también ella con sus propias manos, enlazando sus dedos con los que le daban placer, y quebró su torso para sacarlos del agua y ofrecerlos enteros. Y en el éxtasis vio de repente al hombre frente a ella, en el agua, arrodillado y desnudo, y cerró los ojos de nuevo para que la realidad no le enfriara el espinazo. Como si hubiera adivinado el escalofrío, él le cruzó los brazos en la espalda apretándola toda contra sí. Guillermina hundió la cara en su cuello, osó rozarlo con sus labios y, temblando, alzó ligeramente la cabeza para alcanzarle el lóbulo de la oreja y morderlo delicadamente. “Oh Guillermina, estás amando”, se dijo emocionada. “Oh Guillermina, me estás amando”, contestó el eco de la voz masculina besándole el pelo. Jamás, ni en sus sueños más febriles, se había atrevido Guillermina a realizar semejantes proezas. Pero aquella noche todo era diferente, porque aquel hombre estaba allí por ella. Había desafiado todos los caminos cortados, todas las entradas prohibidas tras las que se ahogaba su existencia, así que ella también rompería las barreras que le alambraban el deseo y el cuerpo. Por él, para darse entera a él, porque ya bastaba de desperdiciarse en la agonía de las malas horas, de la mala madre, de los malos recuerdos. Pareció como si el hombre ganara consistencia, como si de repente comenzara a emitir ruidos moviéndose en el agua, ah, como si su cuerpo se solidificara, tierno, al contacto de las manos de Guillermina, que lo acariciaba clavándole las uñas y hundiéndole las yemas de los dedos. Ella había sentido ya lo más sólido endureciéndose pegado a su vientre. Había esquivado el vuelco que le dio el corazón al percatarse y había seguido allí, confortada por la caricia del agua y por las palabras aterciopeladas del hombre. “No te asustes, Guillermina mía, haré que todo siga pareciendo un sueño”. Pero ahora, con el descaro de una virgen que ha decidido dejar de serlo, había agarrado el miembro de su galán y lo medía entre sus manos apretándolo suavemente y acariciándolo una y otra vez en el agua. Guillermina tenía la tez arrebolada, el pelo húmedo resbalándole por los hombros, los pechos erizados, el vientre tenso, las piernas brillantes enlazadas a las caderas de su amante y las manos en el fondo del agua jugando con el sexo ajeno y rozándose su propio sexo. De repente se sintió bella, y se hincó la verga antes de liberarla de sus manos para asirse al cuello del que ya la penetraba y fundirse en un abrazo de cuerpo contra cuerpo. Empezó el vaivén desconocido, el ritmo seco de las caderas encontrándose y separándose para volver al encuentro, el éxtasis que se anunciaba en medio del desgarramiento. Entonces el hombre la levantó en volandas, ella aferrada a su torso con piernas y brazos. Salió de la bañera con cuidado, la apretó contra la toalla que colgaba en la pared, retomó el vaivén más lentamente, un poco, y se paró de nuevo, mirándola a los ojos. Le echó la toalla por los hombros, la llevó a la habitación y cayeron en la cama sin despegarse los sexos. Allí culminaron, derramándose el uno en el otro, sobre el plumón y las sábanas de raso. Guillermina era una fuente. De su vulva ya libre brotaba algo que él trataba de contener con sus dedos, con más ternura que empeño. Guillermina lloraba. Él le cerró los ojos con la otra mano, queriendo también acariciar sus lágrimas, y así se durmió ella. En su abrazo. Exhausta. Sin rezo. Sin vergüenza. Y la madrugada siguió aquietando sombras, velando sueños, sembrando silencio, hasta que la luz del alba le sopló en la nuca y la fue deshaciendo con su cristal de hielo. Guillermina se despertó ya de amanecida, sobresaltada con la radio-despertador que vociferaba en la mesilla de noche con la más absoluta falta de delicadeza. Se sentó de un golpe en la cama al acordarse de que podría estar acompañada. Pero estaba sola. Como todas las mañanas. Se cubrió los ojos con las manos y se acarició las sienes lentamente. Recordó desordenadamente algunas escenas de la víspera y se sintió confusa. No, aquella mañana no le dolía la cabeza. Físicamente se encontraba bastante bien, en realidad. Pero en la cama no había nadie, ni en la casa se oía a nadie, nada delataba otra presencia que no fuera la suya. Nada salvo un fuerte escozor entre las ingles. Se tocó y en su dedo había un poco de sangre. Entonces abrió el plumón y sintió la sábana de abajo todavía húmeda en algunas zonas. Guillermina sonrió por dentro, aliviada. ¿Estaría aún allí, en algún rincón de la casa? Quiso levantarse y sintió vergüenza de hacerlo desnuda. Entonces vio con estupor que su bata estaba esperándola a los pies de la cama. Se la puso y se asomó con timidez al umbral de la puerta. Como si en vez de su dormitorio se tratara de la habitación de un hotel de enamorados y sintiera pudor de salir al pasillo. Ni un ruido. Se acercó al baño y vio la toalla colgada en la pared y la bañera vacía y perfectamente limpia. Ni rastro. Caminó hasta el salón. Desierto. Abrió el mueble bar y comprobó que el nivel de la botella de vermouth casi no había variado (su jaqueca ausente no la engañaba). Se sentó en el sofá sin comprender muy bien lo que podía haber ocurrido. Se levantó de nuevo para ir a la puerta de entrada y vio que estaba cerrada con dos vueltas, las llaves puestas, tal como las hubiera dejado la víspera. La radio-despertador volvió a irrumpir en el silencio con la charlatanería del locutor matutino. Finalmente, Guillermina terminó por resignarse a la normalidad restablecida y se dispuso a prepararse para volver al trabajo. Un día más, pensó, como tantos otros, si no fuera por esa sensación nueva de escozor en la entrepierna. En eso no podía estar engañándose. Pero aun así. Allí estaba sola otra vez. ¿Por qué se había ido? La falta de amor propio le enturbió de nuevo el ánimo. ¿Qué tenía ella que pudiera retenerlo? “Desengáñate Guillermina, se dijo, ni siquiera sabes quién era”. Y no hubo ya ninguna voz de terciopelo que le desleyera y le confortara el pensamiento. Quien lo hizo, sin embargo, fue el espejo. Cuando Guillermina pasó reflejándose en él después de su ducha aquella mañana no pudo evitar detenerse y recordar las caricias de las manos ya ausentes, que parecían haberle remodelado el cuerpo. Entonces se sintió bella otra vez, como si se viera de nuevo con los ojos entrecerrados por el placer. Para tener cuarenta años se conservaba bastante bien: las piernas firmes, el vientre liso, el pecho enhiesto (de algo había servido el alcanfor de la soledad). Se puso la ropa interior lentamente, deshaciendo los gestos de quien se la quitara la víspera. Se fue hacia el armario, con cierta complacencia, y no pudo evitar ver aquel vestido comprado hace tiempo que nunca se había autorizado a sacar a la calle. Todavía le estaba bien (muchas veces se lo había probado en casa, en sus tardes más ebrias, y había soñado lucirlo en cócteles mundanos). El día era soleado y Guillermina se sentía capaz del atrevimiento. Cuando se estaba poniendo los zapatos a juego (que tampoco habían cruzado nunca el umbral de la puerta), se le vino encima, como caído del armario, el espectro de la madre afeándole el gesto. ¿No le daba vergüenza, salir con aquella pinta de ramera? ¿Qué diría la gente cuando la viera con aquel vestido en plena luz del día? Pero ya era hora de marcharse, se dijo Guillermina con un puchero en los labios y una especie de cólera nueva rugiéndole en el pecho. “¡Ya no me cambio!”. Y salió de la casa como una adolescente que acaba de dar su primer portazo. El apartamento se quedó perplejo, vacío y resonando. En la calle, Guillermina agradeció el aire frío, que le refrescaba el sofoco en las sienes y la ayudaba a acostumbrarse a su nueva vestimenta. Nadie parecía mirarla con desaprobación. Aun así, se abrochó el abrigo y guardó el calorcillo de la excitación bien adentro. En el autobús se atrevió de nuevo a desabrocharse y volvió a mirar a las gentes, buscando alguna reacción recriminatoria, pero seguían devolviéndole la más pura indiferencia o, como mucho, alguna sonrisa anodina de sobria cortesía. “¿Ves, mamá?”, se dijo. Entonces volvió a ensimismarse y se olvidó de lo que llevaba puesto. Pero, de repente, le vino a la cabeza, como una certeza, que no podía dejar de prever la posibilidad de otro encuentro. Por muy improbable que pareciera. ¿Qué pasaría si él estaba de nuevo esperándola cuando volviera aquella tarde? ¿Qué sucedería si el misterio se repetía y ella no estaba preparada? El vestido no bastaba, necesitaba algo nuevo también por dentro. En la pausa del medio día se acercaría a los grandes almacenes para comprar algún conjunto bonito de ropa interior y se lo pondría en los aseos de la oficina antes de volver a casa. Ya en el ascensor, camino de su despacho, Guillermina no pudo evitar que se le fuera el pensamiento a los lances de la noche anterior y, al entrar en la sala común, sintió calor y se abrió de nuevo el abrigo, esta vez mecánicamente (aunque era la primera vez que lo hacía, que no esperaba a estar dentro de su despacho para quitárselo). Se cruzó con el ejecutivo de cuentas, impecable como siempre, que llevaba aquella mañana una corbata parecidísima, se dijo Guillermina, a la que había lucido su galán la tarde anterior. El ejecutivo la miró al saludarla con un destello de intensidad inusual. “Buenos días Guillermina. Está usted distinta esta mañana. ¿Se ha hecho algo en el pelo?” María Montero Cué, España, Francia
María Montero Cué nació en Madrid en 1964. Es licenciada en Filología Románica por la Universidad Complutense de Madrid. En 1991 se trasladó a Ginebra para trabajar como free-lance en distintos organismos de las Naciones Unidas, primero en los servicios de autoedición de textos y luego como traductora de inglés y francés. A raíz del nacimiento de su hija, en 2002, decidió reducir drásticamente su trabajo como traductora para consagrarse a la escritura. Acaba de terminar una antología de relatos y ahora trabaja en una novela.
PINTURA DE JOSE PUIG. "NATASHA"

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