Voy a tocarme pensando en ti. Me desnudaré bajo las sábanas que tantos años ensuciamos. Voy a recordarte y pasearé mis manos por este cuerpo que ya tenías aprendido. Imaginaré que estás junto a mí, excitándote de sólo ver cómo lo hago yo, y con las mejillas rojas de placer voltearé mi rostro hacia el tuyo para morderte los labios.
Te voy a besar el cuello, te arrancaré la ropa para iniciar nuestro juego de amores… con tu pecho de aire sobre el mío, con mis uñas escarbando los surcos de tu espalda. Voy a cerrar los ojos y trazaré en su revés, esa boca tuya pegada a mis pezones, la adornaré con una barba de tres días para que arañes mi piel mientras me lanzas una mirada lasciva. Entonces te diré que recorras mi vientre para que llegues abajo… más abajo… y gritaré como si fuera tu lengua la que me violenta hasta mojarte.
Después de que desbordes toda tu pasión en mí, voy a voltear hacia la ventana y proyectaré tu figura apaciguándose. Fingiré escuchar tus latidos, voy a suponer que son tus brazos y no los míos los que me resguardan de las paredes frías. También voy a llorar de rabia cuando la noche te desvanezca…
Nunca más estarás aquí.
Mi lecho desde ayer, siempre estará vacío.

Cuando la viuda terminó de hablar, no se escuchó ni una tos incómoda en el cuarto. Ella sólo sonrió al saber que todos estaban perplejos.
- Quisiera estar un minuto a solas con mi marido- les dijo muy serena a los presentes.
La habitación se vació tras un portazo.
En la fértil imaginación de los asistentes pasaban cosas extrañas entre hombre y mujer, entre muerto y vivo, pero después de aquel discurso nadie se atrevió a negarle la petición, ni siquiera sus hijos.

XIMENA CUENCA

Pintura de Lopez Mezquita."El velatorio"