Para aquellas mujeres que son utilizadas,
sometidas, y manipuladas en nombre de una cultura.

¿Qué destino?
¿qué rosario de cuentas negras
se ha puesto de tu lado?

Qué voz inmisericorde
te ha llamado de los cielos
para hacerte esclava de tu sexo,
o de ese amor que te atrapa si eres madre?

Te ha llamado la fatalidad
de un cielo con infierno,
donde Dios está ausente,
y los ángeles
de vacaciones por tiempo indefinido.

Se han oscurecido los días
convirtiéndose en raras visiones.
Los cocodrilos llenan las aguas
de los ríos por donde transitas,
te devoran como alimañas ávidas
de carne blanda y sangre roja.

Se evapora tu feminidad
excluida de las aguas.
Las anacondas suben a los árboles,
se arrastran
por cualquier resquicio de tierra
donde saben que te hallas.

Descuartizan tu columna,
mientras tú arrastras
ese exceso de carga
que te imponen, que te oprime.

Mujer de ordenador en la cabeza
y alas de acero.

“Ven, mujer,
debajo de mi olivo tengo una silla”.

¿Qué tipo de aberraciones
piensa la anaconda
para tu expulsión del mundo?

¡Ay!, mujer, mujer sin lentejuelas
que brillen a plena luz del día o en la noche,
arropada con luces de neón.

Orificio de placer ajeno,
dolor de la carne.

Eres de otra raza,
que llaga de la fuerza y la constancia.

Atravesaste mundos
para instalarte en este,
lleno de gigantes que te pisan.

Faraón muerto de una pirámide profanada.
Ilusa inocencia dónde tú creíste ser su reina.

Se han agostado el vino, las semillas.
¿Por qué no tu feminidad constante?

Has merodeado, has buscado,
¡has gritado en silencio!
sin encontrar el palo,
ese palo
terriblemente sometido a la mano que lo alza.

“Ven, mujer,
debajo de mi olivo tengo una silla”.

AMALIA PECO.

Pintura de Guillermo Martin."Mujer negra"