Cuando él la besaba, ella cerraba los ojos y veía un castillo.
Al principio, sólo veía las murallas exteriores, pero poco a poco, conforme los besos se hacían más intensos, empezó a conocer el castillo por dentro.
Se pasaba el día esperando la hora de verlo, para que la besara de nuevo y volver a aquel sitio. Mientras sus labios la acariciaban, ella recorría los jardines contando las flores, los salones apreciando el buen gusto del mobiliario y las habitaciones tocando con la punta de los dedos de las sábanas de seda.
Había notado que se trataba de un castillo medieval, por los vestidos que encontró en uno de los armarios. “Me gustaría conocerlo todo, tendría que besarme más”, pensaba ella mirándolo tumbado a su lado, disfrutando de un apacible sueño. A veces no resistía y le preguntaba “¿Estás dormido?”. Casi siempre conseguía su objetivo y él volvía a besarla.
Un día, al cerrar los ojos se encontró en una parte oscura y húmeda del castillo. “Las mazmorras”, pensó asustada. Intentó detener el beso, pero él estaba muy emocionado y no estaba dispuesto a separarse. Su miedo se convirtió en terror cuando vio al verdugo, que mostraba un afilado cuchillo. Con paso firme, se acercó a ella y con dos cortes precisos le sacó los ojos.
“¿Admitirás ahora que eres una bruja”, le preguntó el verdugo.
Ya nunca más abrió los ojos, y en consecuencia, tampoco pudo cerrarlos para ver castillos.

ANA MARIN

Castillo de Eilean Donan.Escocia