La lluvia es un estado de ánimo. Me preguntaba cuando había empezado a preferir los inviernos y otoños. Estábamos en un comedor de bóveda de piedra antigua, y en el exterior la lluvia caía con fuerza, lavando las hojas de los árboles y alimentando el musgo que recubría las rocas. Dentro de la casa las llamas de la chimenea se agitaban crepitando en un baile incansable. Un montón de leños de madera esperaban convertirse en cenizas.

Y nosotros cenábamos al calor de la conversación. Por un momento me quedé mirando el cristal de la copa como si reflejara los veinte años que llevaba junto a Daniel. Una década era un periodo importante y significativo en cualquier vida. Dos décadas eran un periodo definitivo. Los dos habíamos enredado nuestras vidas, construyendo un oasis de cariño y complicidad. Y ahora habían pasado dos meses desde el diagnóstico. Intenté hablarle del tratamiento, de afrontar juntos lo que viniera...“Pero ¿qué me estás contando?", preguntó Daniel. Él no estaba dispuesto a tirar la toalla. “Estoy seguro de que todo irá bien. Y también estoy seguro de que el año que viene volveremos juntos a esta casa perdida en el bosque.” Y sus ojos sonrieron.

NURIA MILLET