León era un Mastín de años cumplidos. Era canelo, grandullón… y tenía la mirada gravosa y callada, como todos los mastines. A la muerte de su amo de siempre, León quedó sin lindes que proteger, ni pies en los que guardar vigilias. Huérfano, vagó por caminos de hambre, y tuvo fatales encuentros con pastores trashumantes, que azuzaron a sus perros de rabia para que lo despedazaran con feroces dentelladas.
Una mañana de nómada soledad, el perro, encontró una verja abierta, y atraído por un olor a troncos de hogar, se adentró por un sendero de sombras que le condujeron hasta un caserón de labores.
José, se mecía en el vaivén de su mecedora bajo un emparrado de uvas. El perro tranqueó despacio…Se detuvo a unos pasos ante el viejo que dormitaba. Quizá intuyó en él, la continuación difusa de su antiguo amo…Se acercó un poco más…
–¿Y tú de donde sales viejo lobo?– José le extendió su mano con dulce curiosidad. –Estás flaco y desmelenado–. León, al relance de su calidez se aproximó confiado, y lo miró sin otra nobleza que su edad. Ambos se reconocieron en la misma mirada. Una mirada honesta, profunda, digna. –Ay perro… En esos ojos, parece que me estás contando los ojos de alguien–.
León, le olisqueó los pantalones de humo, y añoso, se recostó a sus pies, en la blandura del limo.
Arriba, en los álamos, los pájaros revoloteaban estúpidamente distraídos. Había paz en el aire. En el Otoño, el campo fluía sin tensión.
JUAN CARLOS RUIZ

18 jun 2008 | 09:04 AM
Buenos días, precioso relato.
18 jun 2008 | 06:14 PM
Hola Panita
Es hermoso el relato de este fiel amigo, quien al final consiguio un alma que lo comprendiera
Besitos angelicales.................