Estaba sentada en el suelo de la cocina, se tocó los labios y los notó húmedos, se miró la mano, sangre. Le dolía el hombro, la espalda y la vida. Recordó las palabras que le dejó antes de salir dando un portazo. “Eres mía, mi amor”. Cuando volviera le pediría que lo perdonara y la besaría. Se levantó lentamente y fue al dormitorio, se puso su abrigo. Metió la mano en el bolsillo y tocó un papel. Se dirigió a la puerta, la abrió y salió a la calle. Aquella tarde no habría perdón.

Regina Rodriguez Cárdenas 3º E.S.O C

http://www.iesgrancapitan.org/ticagora/?p=43