Fotografiábamos las manchas de sangre que en la pared de la comisaría habían quedado tras el disparo del agente. Tenía la cabeza gorda, bromeó Bob en voz baja. Aquella tarde en los pasillos de las dependencias escuchamos la historia completa.

Acababa de cumplir diecisiete años cuando fue encontrada (partida en dos) en la vía del tren que une Puebla con Córdoba. La avenida de oriente 6 de la ciudad de Orizaba cruzaba las vías junto a un viejo solar y los pedazos de la muchacha fueron encontrados allí por dos chiquillos que jugaban quemando cartones.

Durante más de dos meses, Carmen observó día a día la conducta de su sobrina y llegó a la convicción de que algo pasaba. Aquella tarde la muchacha se sentó en el suelo para relatar su pena a la hermana de su padrastro.

Empezó al llegar aquí, susurraba avergonzada la joven, hace diez años. Habíamos pasado por siete casas en menos de dos años, mama iba allí donde le ofrecían un trabajo con el que poder pagar lo que a diario necesitábamos. Entonces apareció Ramón. Se portaba bien con ella, su sueldo en la policía le permitía cuidar de nosotras y cuando le trasladaron aquí mama no dudo en venirse con él. De mí no solo cuidaba de día. A lo pocos meses de vivir juntos aprovechaba cada momento que tenía a solas conmigo para acariciarme, para poner sus dedos sobre mi piel de niña. Mis pechos crecieron marcados por sus manos en esos años y mi silencio se convirtió en su aliado. Hace cinco años nació Raquel. El Jueves fue su cumpleaños y él ha comenzado a tocarla. No puedo soportarlo, si la toca otra vez voy a matarlo.

Carmen agarró la cabeza de Jimena y, acercando su boca a el pelo de la muchacha, la besó mientras decía, tu no tienes culpa de nada, ese cerdo pagará por lo que está haciendo. Dos horas después Jimena se lanzó al tren. No esperó la noche.

NANCY COMANSY