«Ornitorrincos», así llamaban Tinin Belinchón y sus amigos a los ro­mánticos. Todo empezó una mañana de 1797, cuando el doctor George Shaw abrió un paquete en su despacho del Departamento de Histo­ria Natural del Museo Británico. Lo enviaba desde Australia el capi­tán John Hunter. Contenía la piel de un ornitorrinco, la primera que llegaba a Europa.¿Un animal con piel de topo, patas de rana, cola de castor, pico de pato y además con dientes? En cuanto lo vio, Shaw se dio cuenta de que aquello solo podía ser un fraude. Arqueó una ceja, carraspeó y, tijeras en mano, se dispuso a descubrir las costuras disimuladas. A él no se le engañaba con tanta facilidad.Como todos sus colegas, Shaw sabía que los taxidermistas chinos eran virtuosos de la falsificación de animales imaginarios: dragones, monstruos, basiliscos, incluso alguna que otra ave fénix. Era lo que los europeos querían, y los astutos orientales se lo iban suministran­do sin escrúpulos. A estos adefesios se les conocía como Jenny An­vers, nombre derivado del puerto de Amberes, que centralizaba en­tonces el tráfico de criaturas fabulosas.Shaw no encontró rastros de costura ni indicio alguno de falsificación. Se quedó atónito. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué era aquello? ¡Por los clavos de Cristo!Hacía pocos años, en 1755, Linneo había establecido su Sistema Natural, en el que, desde luego, no había sitio para semejantes extravagancias.Los ornitorrincos, no contentos con tener pico de pato y dientes, tenían también veneno y, entre otras rarezas, no sabían volar ni andar (solo nadaban, los muy idiotas). La cuestión crucial era, por supues­to, su forma de reproducción. Para general sorpresa, tenían mamas. Ergo eran mamíferos, es decir, vivíparos. Sí, pero también ponían hue­vos. Ergo eran ovíparos. ¿En qué quedábamos? ¿Acaso alguien estaba intentando jugar con el orden natural? ¿Sabotaje? ¿Superchería? ¿Provocación? ¿Una broma de mal gusto?Parecía que aquellos miserables bichos hubieran estudiado a fondo a Linneo con el único propósito de burlarse de él. ¿Que el gran clasificador decía que los mamíferos eran vivíparos? Pues, venga, a poner huevos como descosidos, solo por fastidiar. ¿Que los animales pico vuelan? Pues no se hable más, a quedarse chapoteando en el agua. ¿Que si se tiene pico no se tienen dientes? Pues dicho y hecho, arrollar dentaduras, y encima de leche, para más inri.No es sorprendente que Shaw y sus colegas, al mismo tiempo una gran curiosidad, acabaran por sentir un odio implacable por ellas “malditas criaturas” (bloody creatures), como las llamaban en privado.Para clasificar a los ornitorrincos, no hubo más remedio que inventar un nuevo orden: el de los monotremas. Fue entonces cuando comienzo la legendaria «controversia del ornitorrinco», que ocupó a los naturalistas durante casi todo el siglo XIX, hasta 1884. ¿Amamantaban a sus crías los ornitorrincos? ¿Incubaban huevos? ¿Acaso tenían entre sí contacto sexual los monotremas? ¿Eran un abominable error de la naturaleza? ¿Constituían tal vez la prueba visible 1a caprichosa voluntad del Creador y la refutación, por tanto, de ideas racionalistas de Darwin?Charles Darwin vio un ornitorrinco en 1836 y anotó en su dia­rio: “Alguien que no crea en nada más allá de su razón podría sin duda clamar que esto es el resultado de la labor de dos Dioses Creadores.”Por fin, en 1884, William Caldwell, un estudiante de doctorado acampaba cerca del río Burnet, en el norte de Queensland, vio una hembra de ornitorrinco poniendo un huevo. De inmediato corr­ió a la oficina de telégrafos más cercana para enviar un mensaje urgente a Londres: MALDITAS CRIATURAS PONEN HUEVOS STOP SIGUE CARTA Todos los naturalistas del planeta suspiraron aliviados, La pesadilla había terminado: los monotremas se convirtieron desde entonces en los únicos mamiiíferos que ponen huevos. Punto redondo.Algo semejante sucedió con ese Romanticismo que Agustín Belinchón no comprendía. El misterioso ornitorrinco apareció en Euro­pa con el firme propósito de impugnar la clasificación de Linneo. Con su originalidad, su individualidad radical y su disparatada creatividad anatómica, el ornitorrinco contradecía el Sistema Natural dibujado con tiralíneas por los ilustrados. Hubo que tenderle la trampa del monotrema para incorporarlo al orden zoológico racionalista.Como Linneo, los escritores ilustrados habían logrado consolidar un Sistema Literario blindado, en el que no había lugar para la ca­prichosa excentricidad de los ornitorrincos románticos.Los jóvenes románticos no irrumpieron en la Historia de la Lite­ratura como un elefante en una cacharrería, sino más bien como una sublevación de ornitorrincos, dispuestos a derribar la sólida arqui­tectura de la preceptiva neoclásica. Durante buena parte del siglo XIX, los románticos formularon una sola pregunta a los ilustrados: «¿De qué se trata, que me opongo?».La polémica del Romanticismo se saldó como la controversia del ornitorrinco: las malditas criaturas ponían huevos, a pesar de ser ma­míferos; y los jóvenes airados acabaron convertidos en clásicos con su propia preceptiva literaria, por muy románticos que fueran.Se les hizo sitio en el Sistema Literario, con una trampa parecida a la del monotrema.Desde entonces, esta ha sido la aporía de todas las vanguardias: la ruptura con la tradición ya forma parte de la tradición, como expli­có Octavio Paz[1], un escritor mexicano galardonado con varios pre­mios literarios.

RAFAEL REIG,

“La sublevación de los ornitorrincos”, Manual de literatura para caníbales, Debate, Barcelona, 200, pp. 36-38.