Tengo dos pies izquierdos. Hay gente que lo encuentra odioso, asqueroso, infame e incluso insultante. Se me quedan mirando descaradamente, con esa mueca de asco tan típica en la que se eleva uno de los lados del labio superior. Algunos hasta me insultan. A otros, sin embargo, les resulta divertido. Entre los de este segundo sector, hay personas que me preguntan, casi riendo, sobre el extraño fenómeno. Yo siempre en respuesta me encojo de hombros: no tengo nada más que añadir. Luego están los que sienten lástima por mí: “¡Hay que ver!”, “¿Te duele?”, “¡Pobrecita!”, “¡Qué mala suerte!” Eso sí, todos ellos tienen algo en común: me consideran un bicho raro. A mí me da lo mismo. Aunque tengo que reconocer que mi pequeña singularidad tiene un inconveniente, y es que el calzado me sale el doble de caro, lo que no me impide tener una colección enorme de zapatos altos, zapatos bajos, botas, zapatillas, sandalias, zuecos, botines, babuchas… ¡Es mi mayor vicio! Pero existe un cuarto grupo, sí, aquellos para los que paso totalmente inadvertida, y es que ellos, igual que yo, llevan dos zapatos izquierdos, a pesar de que, igual que yo, ellos tienen un pie derecho y otro izquierdo, como todos los demás.

CONCHA GARCIA GARCIA