Descubrir la puerta. Entrar. Ser aspirados por un pasillo oscuro y al final acabar dentro de la mente del otro. Pero no para ser el otro. Fascinados por sus respectivas imaginaciones, lo que querían era estar allí y ver a todos aquellos personajes que poblaban sus anotaciones y sus relatos. La experiencia duraba lo que duraban los pensamientos de ella (o de él). Ambos sabían perfectamente cómo hacerlo. Ahora se trataba de rizar el rizo. Acortar la distancia física y encontrarse en ese espacio libre de la imaginación. Ella dentro de sí misma mientras le pensaba. Él dentro de sí mismo mientras la pensaba.
Tenían que ponerse de acuerdo. Tu cabeza o la mía. Cruzo yo la puerta o la cruzas tú. Lo echaron a suertes y le tocó a ella primero. Entró. Fue aspirada por un pasillo oscuro y al final acabó en su propia mente en el instante preciso que pensaba en él. Apareció tras las cortinas del salón de su imaginación. Quería observarle un rato antes de salir. Él estaba sentado en el sofá de paño azul. Parecía dormido. Pero no. Tan sólo tenía los ojos cerrados. Tal y como ella lo había imaginado en el momento justo de entrar en sí misma. Lo que no esperaba es que él abriera los ojos y empezara a buscar, como si le faltara algo. Ella quería quedarse tras las cortinas observando al fruto de su imaginación, pero se le había ido de las manos. Él actuaba por voluntad propia. Finalmente salió y le llamó por su nombre. La miró y sonrió. Le pidió papel y lápiz, dijo que había descubierto algo asombroso: “una puerta, un pasillo oscuro que aspira y al final acabas dentro de la mente del otro. Pero no para ser el otro. Sé la manera de entrar en tu imaginación y ver a todos esos personajes que pueblan tus anotaciones y tus relatos” .
EVA GONZALEZ GONZALEZ
Oleo de Luis Feito.

Los comentarios están cerrados