Al mundo se le acabó el amor. Las personas dejaron de enamorarse, de quererse con la ilusión ciega, la maniatada conciencia y la sonrisa que de un niño robaron, dejaron de emplear el tiempo en conquistar a otra persona como si sólo existiera ese universo y desistieron también en su pulso a la razón y dejaron el brazo flácido, vencido, porque no albergaban más fuerzas. Ya no se cometían actos de amor, la pasión se perdió en un laberinto del que no supo salir y nadie se escribían cartas desde las entrañas ni se tiraban de un paracaídas desplegando una pancarta dónde se leyera “te quiero”, ni se bajaban las bragas con el corazón, ni se suicidaban los poetas que ya no eran poetas, ni se cometían locuras de esas con las que te terminan señalando con el dedo, los más infelices, los que nunca se enamoran y dicen “Míralo, es como un niño, está enamorado hasta las cejas”. Ahora nadie señalaba a nadie porque nadie se enamoraba y todos eran infelices.

Se mantuvo eso sí, el te quiero como amigo, como a un hermano, como a un padre o como a una madre. Sobrevivió el cariño, los abrazos que aprietan ventrílocuos y los derivados resultantes de esa química inexacta que llamaban amor. A veces lo original y lo subordinado se invierte y termina uno por encima del otro, el alumno con el pie en el pecho del maestro exclamando “te lo advertí, es el destino, ahora estoy aquí y no te necesito”. Los matrimonios permanecían juntos anclados en un amor ya pasado, existía el sexo y los flujos corporales iban y venían y surgían embarazos y los besos de almohada, resistían las malas compañías o ese inmenso terror a la soledad que es como mirar al vacío con un pie en la tierra y otro desafiando al precipicio. Nadie se decía nada de lo que parecían problemas personales, y todos se consideraban desafortunados, se mentían a sí mismos, se conformaban con poco y nadie terminaba de entender que el amor no existía al tiempo que seguían sucediéndose los días. La gente hablaba de amor y el amor estaba en todas partes, pero hacía tiempo que ya olía a cadáver. Cuando se miraban al espejo, ninguno fantaseaba con el reflejo de su pareja detrás, rodeándole con los brazos o besándole el cuello apasionadamente.

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