Cuando sonó el despertador a las siete, antes de entrar en el cuarto de baño, todavía era quien debía ser. Y dentro también. Fuera quedaban, como siempre, más de ocho años de feliz matrimonio preparando el desayuno en la cocina, el futuro medio centro del mejor club del siglo veinte luchando con la cremallera, Ilona llegando con la lluvia sobre la mesilla de noche, el resto de la vivienda unifamiliar ostentando sus primeras calidades, el préstamo hipotecario devengando intereses al tipo variable estipulado y referenciado al Mibor a un año más cero cincuenta, el puesto de asesor jurídico esperando en el despacho recién estrenado, y la suerte sonriendo. Al salir, sin embargo, me encontré sobre el escenario, los actores mirándome confusos, todo aquél público pendiente de mi frase. Hice mutis. Al fin y al cabo, ¿qué pintaba entre Otelo y Desdémona ataviado con aquél ridículo albornoz amarillo?.
LEANDRO LLAMAS

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