Supón por un instante
que somos el Sol y la Tierra.
Intenta calcular el tiempo
que llevo dando vueltas
sobre mí misma,
girando alrededor de ti,
jugando al escondite
entre solsticios y equinoccios
(y tú sin salir dos mañanas
seguidas por el mismo punto
del horizonte).

Supón por un instante
que todavía
no nos hemos acostumbrado
a ocultaciones
de estrellas y planetas,
a conjunciones entre astros,
a la desconcertante trayectoria
de cometas furtivos…
que aún podemos sorprendernos
cuando reaparecen.

Supón que el calor que desprendes
llega a mi cuerpo
a través de abrasivas radiaciones
y yo permanezco inclinada
sin poder observarte
porque mis ojos
corren peligro.
Entonces, (y ahora soy yo
la que supongo),
percibo colores intensos,
manchas oscuras,
llamas rosadas,
y sé que es preciso mirarte
aunque me quemes
irremediablemente la retina.
Así que hoy,
3 de octubre de 2005,
sin otra protección
que estas suposiciones,
voy por fin a mirarte.
Pero, ¿qué hace ahí esa sombra
que se interpone entre nosotros,
esa imprevista Luna
que se equivoca de poema


LA SOMBRA DE LA LUNA