Los Reyes Mayos estaban por las calles de Alcalá. Desde el balcón divisé el carruaje donde iban Melchor, Gaspar y Baltasar. La gente aplaudía. Y ellos, engalanados con sus trajes, tiraban caramelos a la multitud a su paso. Esa noche mi madre me dijo que me fuese temprano a la cama. Quizá al día siguiente tuviese junto al árbol un sinfín de regalos. A eso de las doce me desperté, alertado por algún ruido procedente del salón. Y vi a una mujer con el pelo recogido, colocando estratégicamente lo que yo había pedido por carta a los Magos de Oriente. Aquel día se difuminaron para siempre los Reyes. Esa noche dejé de ser un niño para convertirme definitivamente en un adulto.

RUBENGOLE