Agarro mis maletas. Antes de irme de tu apartamento, me dirijo a la habitación y dejo la carta de despedida, de mi puño y letra, encima de tu mesita de noche. Dentro de unas horas regresarás. La leerás. Y llorarás mucho. Sí. Me buscarás, pero yo estaré muy lejos y no podrás dar con mi paradero. Intentarás contactar conmigo, pero he cambiado de número de móvil. Intentarás sacar información a mis seres queridos, pero yo he confiado en que guardarán silencio. Sí. Cuatro años de una preciosa e inolvidable historia de amor. Jamás te olvidaré, cariño. Jamás. Te deseo lo mejor del mundo. Miro el reloj: tengo que marcharme. Una última mirada a la carta, que esperará, paciente, a ser abierta por su destinataria. He omitido en la misma que te dejo porque me has fallado, porque me prometiste amor, no penurias: te han detectado un cáncer y yo no tengo ganas de estar a tu lado para convertirme en un triste enfermero.

ANA PATRICIA MOYA

Foto de la autora.