-¡A estos perros habría que matarlos a todos! -comentó el jefe de gendarmería al ver la habitual jauría de canes vagabundos en la zona portuaria.

Con tiempo, el negro López preparó una jugosa chuleta para llevar al trabajo. Ya en su puesto de vigilante, silbando y mostrándole la carne con la mano izquierda, atraía -uno a uno- a los perros hasta tenerlos enfrente. Entonces estrellaba su cachiporra (que con la mano derecha escondía tras su espalda) en la cabeza del mejor amigo del hombre. Cuando no quedó ni uno vivo, los apiló en fila india brindando una macabra exhibición de su hazaña.

-¡Uy! ¿Qué pasó con los perros? -preguntó el jefe sorprendido e impresionado al percatarse de aquella herejía.

-Usted dijo que había que matarlos -argumentó orgulloso el negro López, atribuyéndose el cumplimiento de la orden.

-Yo dije nomás que "habría que matarlos a todos", no "que los maten". ¡Usted cómo interpreta...! Tergiversa que da calambre -manifestó el superior lamentando lo ocurrido.

El negro quedó en silencio, feliz de haber tenido esa oportunidad, que, como tantas otras, aprovechaba en su diario proceder.

Una vez más el abuso de autoridad estaba a la orden del día en una institución garante de la seguridad.

ALEJANDRO CAFIERO VEGA