-¡Me has engañado! -me imputó Alicia aquella tarde, a la orilla del río pausado e invernal. En sus ojos había lágrimas de llanto silencioso.
Si llegó a sospechar de mi aventura, fue sólo gracias a una cochambrosa coincidencia. ¿Pudiérase, en rigor, aseverar que yo la traicioné? Es el caso que Alicia tenía por entonces un novio, allá en el norte, de esos a los que se denomina "formal" a ojos de familia y conocimientos.
También tenía una amiga: 'Heli', quien, ¡qué casualidad!: vivía justo enfrente del último mohicano de los cines de programa doble, al que yo había ido acompañado de Carlotina a revisar un peliculón. A Heli también la vi. En el balcón de su casa. Una vez que levanté la vista. Tal vez sintiéndome observado.
A la orilla del río, miré a Alicia, con algo de pena quizá, pero sin sombra de arrepentimiento. Serenado el torrente emocional, se mostró en parte aliviada y hasta con disposición a ser comprensiva. Clavó sus ojos húmedos en los míos y me increpó débilmente, entre hipidos:
-¡Podías haberte buscado una más guapa! -eso me dijo.
Aún me dura la sorpresa que me causaron sus palabras.

GUILLERMO M.L.