
El viejo sapo se concentra en su haiku, con un murmullo de hojas flotando sobre sus saltones ojazos. La vida, excepto por ese rumor, es un plácido silencio.
El árbol parece un punto rubio, diminuto desde el espacio. Encara la ladera despejada, aspirando el olor a hierba fresca, a caléndula, a ganado que ramonea tras la loma y a charcas infestadas de musgo y libélulas de colores metálicos.
"Me dejaron solo en esta esquina de lo que antes era un bosque y hoy es una pradera vacía", se queja el susurro de hojas color caramelo.
El sapo también se queja para sí. Es tan viejo que no puede atrapar a los mosquitos que son ahora los reyes del llano, desnudo a golpe de hacha y aliento de fuego provocado.
"Neblina antigua
muta en arpillera
que nos distancia", croa el verde bardo sobre su piedra, sin despegar la mirada del leñador que remonta la loma con la sierra posada en el hombro
ANGELES JURADO.

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