
Los pasos del guardia resonaron en los abovedados corredores mucho antes de que apareciera en el patio de armas. Se dirigió con paso perentorio hacia mí y depositó con fuerza en mi mano el mensaje lacrado que portaba en la suya enguantada. "El mensaje", dijo. Lo metí inmediatamente en mi bolsa y salté sobre el caballo que hacía ya un buen rato estaba esperando. Piqué espuelas y partí.
Desde ese momento, jinete en la noche oscura, a través de este país sembrado de guerras, secuestrado por el galope veloz del caballo, dejo atrás prados, bosques y marismas, acompañado a la derecha por un elevado farallón de montañas peladas, espectrales, sobre las que permanece suspendida una luna enorme y sangrienta que parece imperar como un ídolo silencioso en la agobiante canícula. Yo corro y corro, arreo a mi montura y dejo atrás, por trochas que sólo ella conoce, sembrados y granjas, arroyos y oteros sumidos en la noche. Y no pienso en nada. No soy más que la carrera de mi caballo y las palabras que no cesan de martillear en mi cerebro: "El mensaje... El mensaje". En volandas del tamborileo regular de los cascos, dejo atrás negros troncos sin sombra, ortigas que duermen ocultas, hieráticos sapos insomnes, todo lo que no sea mi carrera. "El mensaje... El mensaje...", resuena dentro de mí. Pero ¿adónde? ¿A quién?
JAVIER SETO

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