Dijeron que eran amigas de mi mujer y que habían quedado con ella en casa. Aunque no tenía noticias de eso y conocía a casi todas sus amigas, tuve la cortesía de invitarlas a entrar. Cuando me ataron a la silla y comenzaron a golpearme sin piedad, supe que no mentían y sobre todo que mi mujer no tardaría mucho en llegar.

MIGUEL ANGEL HERNANDEZ NAVARRO