Las doce menos cinco.  El pañuelico en las manos. Cuatro minutos en la tele, de aglomeración patrocinada por pelotas gigantes regada con vinos flojos con burbujas. La respiración acelerada y el corazón en un puño.  Sudor en las manos de puro nervio. Aquellos pañuelicos de cuando era cría, que desteñían todo y acababa las fiestas con toda la ropa a corros rosas. La voz del locutor intenta explicar qué es la emoción.

¡Viva San Fermín! Gora San Fermin!

Un nudo en la garganta; una lágrima con sabor a distancia; un año más en otro sitio; unos sanfermines sin mí; un yo sin sanfermines; un PTV expatriado, hoy sí que soy de Pamplona; un "yo quiero estar allí"; otra lágrima, sabor kalimotxo, almuercico y bocadillo de ajoarriero en los toros; los pelos de punta en la procesión; un dolor de alma de salida de las peñas y yo aquí lejos; un ¡oh! al mirar los fuegos; un empacho de churros; un mareo de subir a la noria; un kiliki con mala uva; veinte euros en la tómbola y me toca un paquete de galletas.

Eso es mi emoción.

UXUE ETXEVESTE