Cada tarde se sienta en la sala
desde hace varios días ya. Parece
que se ha vuelto puntual, y el mundo riguroso,
regular como un juguete
mecánico.

Cada tarde la sala se ilumina,
y el rojo denso se hace más liviano
en la tela, en el vidrio, mientras que oro y arena,
en las cortinas ocres,
quieren alzar el vuelo, y abren las alas
como aves que pidieran más espacio.

Cuando llega, la casa se embellece.
La alegría punzante de su breve presencia
llena el lento vacío del sofá,
la arañada fatiga de los muebles
adquiere una pátina gozosa,
los lomos de los libros se inflaman despejando
el camino a la letra promisoria
y en el televisor el silencio es opaco
como un dormir pesado sin imágenes.

Si un niño pasara por aquí
su asombro estamparía
una emoción ingenua y fuerte
sobre esa criatura que arde, pasajera
del tiempo, en la pared, como un fugaz regalo.

Cada tarde, el visitante acude
cuando el sueño remonta y la vida flaquea,
con una invitación que se destina
acaso a la misma conciencia
de las cosas, que el mundo puso fuera
de ellas, y a su lado, para verse
dispuesto así por un designio
cuyo principio ignora.

MARÍA MAIZKURRENA

Oleo de FARIZA FERNANDEZ."Salon"