Hiperestesia: Sensibilidad excesiva y dolorosa
DRAE
Mi pequeña ciudad se ha llenado de ruido.
Sobre las ocho y media, vuelvo a casa,
me cruzo con cincuenta peatones,
pero aunque fueran tres,
serían demasiados.
Me aturden
los motores, las luces de los coches,
son ángeles chillones que vienen a por mí .
Llevadme en brazos hasta el mostrador
de una farmacia abierta,
y que el espíritu de guardia, como un muerto,
o bien un farmacéutico discreto,
me dispensen silencio sin receta.
En dosis inyectables,
porque en mis venas late la insoportable urgencia
de que todo se calle.
Quisiera descansar de la imprevista
fiesta de mis sentidos,
adolescentes que hoy, como si fuera sábado,
tambalean mi cuerpo mientras gritan.
Me acurruco, me escondo
tras una jardinera de metal.
El mobiliario urbano,
un hogar inexacto en el que trato
de respirar.
Por fin, puedo hilvanar veinte segundos
de frágil armisticio,
descubrir
flores, adelfas en la jardinera.
Ahora, en mi habitación,
hay algo verde y rosa,
una paz venenosa que arranqué de la acera,
lo que sea,
no importa...
Algo para sentir sin que me duela.
INES TOLEDO

9 ago 2009 | 11:59 PM
Como se desea el silencio a veces...de ese del que nos quejamos cuando se nos hacen eternos los momentos...