Recorre mi espalda una distancia de mar desbordado.
Dibujos de niebla, que unos ojos de otoño dejaron sin tiempo,
siembran de lágrimas un funeral quebrado,
trabado de olvido, callado temblor de un camino,
con la débil misión de recortar nombres impronunciables
en el silencio de unos labios
dibujados a espada
con el perdón del alma tendida sin tiempo
donde la muerte no existe
y las horas se recuerdan en sombras sumergidas
a la altura de unos ojos helados.
El viento gira, retorna besos que la noche dejó en la ventana,
y abierta me sorprende desnuda,
gritando abrazos con aroma a terror de silencio.
Las estatuas del perdón, devoran el tiempo,
¡olvidan la muerte! gritan.
Y una lágrima se abraza al olvido en besos de piel.
SOLEDAD CABALLERO CASTRO

Los comentarios están cerrados